DAVID GISTAU-El Mundo

Cs celebra un mitin en Rentería en un ambiente de tensión por el acoso ‘abertzale’ Rivera, Pagaza y Savater tuvieron que ser escoltados por la Ertzaintza entre lazos amarillos, ‘esteladas’ y el estruendo de una cacerolada

Días atrás, Maite Pagaza expresó su intención de aprovechar la visita a Rentería para pasear por algunas de las calles cargadas de recuerdos de su infancia. Su madre Pilar y sus hermanos, Iñaki y Joseba, nacieron en el pueblo, en la calle Santa Clara, en las Casas Nuevas y en las de la Papelera, y en el cementerio tiene familia. No pudo hacerlo. Advertida de que alrededor de la plaza de los Fueros, antes de mediodía, había ya un tumulto de radicales esperando para cercar a los asistentes al mitin de Ciudadanos, Maite Pagaza tuvo que resignarse a entrar y salir a bordo de una camioneta que aparcó dentro de la misma plaza, delante de la frutería Adarra, en un estruendo de insultos y golpes de cacerola con el que Rentería entera parecía haberse convertido en un sistema inmunológico hostil: «¡Están aquí sin permiso del pueblo!», gritaba enajenada, poseída, una mujer de entre las muchas personas –insultadoras, violentas, manos en los huevos como se estila en las barras bravas– apostadas en los mismos balcones de la plaza de donde colgaban gigantescos lazos amarillos y esteladas expuestos como recordatorio de la alianza de la antiespaña que se ofrece a Pedro Sánchez como prótesis fáustica de poder.

Había también banderas republicanas –y las charangas del pueblo tocarían después del mitin el himno de Riego y el Ay, Carmela–, de lo cual se desprende que Iglesias ha contribuido a dislocar definitivamente el sentido histórico de la República hasta convertirla en un elemento disolvente más contra la democracia del 78 en complicidad con todas las expresiones independentistas que a él le convienen como instrumentos destructores. Así es el hombre que se apresta a entrar en La Moncloa.

Menos de un centenar de simpatizantes de Ciudadanos quedaron encapsulados entre vallas y policías. Apenas pudieron escuchar a sus oradores. Sólo con ondear una banderita española provocaban un bramido que procedía de todos los flancos de la plaza y que traía, como un granizo, multitud de veces la palabra «fascista». En la turba lo mismo había chavales de los de chándal y capucha que hombres canosos, veteranos del olor a sangre de los 80.

Fernando Savater, vestido con una chaqueta de color verde más propicia para hacer de flâneur con Gambardella que para tomar posición en la primera línea de defensa de la libertad, se quejaba del veneno nacionalista que aún pudre las localidades como ésa y hace imposible la vida cotidiana del disidente: «En San Sebastián estamos de fábula, eso es Manhattan, pero en cuanto te sales 10 kilómetros…».

Durante su intervención, después de responder a los «rebuznos» que ya escuchaba cuando acudía a Rentería a movilizarse contra los 19 asesinatos cometidos por ETA en el pueblo, vació de sentido, para estas elecciones, la división tradicional entre izquierda y derecha en un momento español en el que sólo cuenta el constitucionalismo y sus enemigos, con los «mediopensionistas» que cabalgan tigres en medio. Vaya, que no es de Franco de lo que hay que salvar España.

Pagaza, que sabe que no puede caminar por el pueblo de su infancia debido a un compromiso con la libertad que la obliga a decir «las cosas claras, ésa es la responsabilidad de la hija de Pilar», se encaró con «los matones abertzales» en una intervención absolutamente emocionante, valiente, llena de un heroísmo civil que en una democracia europea del siglo XXI no debería ser necesario, y, en los dos idiomas, les preguntó cómo es posible que se descargue semejante odio sobre el hijo de esa tierra que sólo disiente mientras que los asesinos son recibidos con aurreskus: «Esta semana llevo dos de éstas. Aunque lo de la universidad en Barcelona fue peor, esto es un paseo», les gritó.

Rivera se dio cuenta de algo insólito: en una de las ventanas de la plaza, rodeada de radicales de todas las edades que proferían insultos, una veinteañera estaba asomada sola –solísima– y aplaudía al líder de Ciudadanos. En el momento de regresar a la camioneta, Rivera se desvió y corrió hasta la valla para dirigirle un saludo e hizo que le arrojaran una pulsera de plástico naranja. Luego, la camioneta salió entre insultos.

Más difícil fue sacar a los simpatizantes del partido, que salieron escoltados, como las hinchadas rivales en el fútbol, y sufrieron ataques en las calles colindantes con la plaza. Fue entonces cuando, como en los años 80, comenzaron a sonar los impactos de la pelotas de goma y hubo cargas ante los mismos bares que poco después mutaron para la hora del aperitivo.