FRANCISCO ROSELL-El Mundo

HACE AÑOS, en el cenit de su poder como vicetodo del PSOE, Alfonso Guerra se lamentaba de que el CDS de Adolfo Suárez no hubiera cuajado como partido bisagra nacional para desplazar de esa zona de privilegio a unos grupos nacionalistas que ya apuntaban a las claras que no habría manera de hacer carrera de ellos, por muy alto precio que se abonara por su eventual respaldo parlamentario. Más allá de la paradoja que entrañaba que ese lamento lo entonara quien no había reparado en medios para destrozar la reputación de un artífice clave de la Transición a la Democracia, tildándole de «tahúr del Misisipí», entre otras lindezas, no le faltaba razón a aquel trueno si bien no vestido precisamente de nazareno, a diferencia del Don Guido machadiano.

Si la Gloria es «el estado perfectísimo en el cual se hallan todos los bienes sin experimentarse mal alguno», según los catecismos de los padres Astete y Ripalda, el centro político está nimbado de una aureola celestial que lo hace ser preferente objeto de deseo. Ni que decir tiene que no es fácil alcanzar tamaño propósito. Lo acredita, en efecto, el fenecido CDS, pero antes la denominada Operación Reformista comandada por Miquel Roca y más recientemente la UPyD de la inasequible Rosa Díez. A veces, como le sucede a Peter Sellers en El Guateque, todo parece conjurarse para sentirse desubicado.

Desde que pegó el salto a la política nacional, tras su feliz irrupción en Cataluña, Ciudadanos parece predestinado a ocupar ese lugar clave –y tan necesario– que Guerra asignó a CDS en su canto fúnebre a una organización que hizo mutis con dos míseros escaños: «Quererme menos y votarme más», imploraba en vano su hacedor. No obstante, conociendo su ambición, su presidente, Albert Rivera, no se resigna a ser el número complementario de una mayoría parlamentaria, sino emular, si acaso, a un íntimo de Suárez, su ministro Agustín Rodríguez Sahagún. Este se aupó a la Alcaldía de Madrid en junio de 1989 con sólo ocho capitulares al prosperar la moción de censura que presentó conjuntamente con AP (20 asientos) contra el socialista Juan Barranco. De hecho, el aspirante de Cs a la Presidencia de la Junta de Andalucía, Juan Marín, trasteó esa posibilidad en cuanto concluyó el escrutinio de las urnas autonómicas de diciembre último, abriéndose de capa tanto al PSOE como al PP.

En las últimas citas electorales, Cs ha sido el partido de las expectativas, al igual que Podemos, si bien éstas –como en la lechera del cuento– se iban derramando por el camino sin llegar a llenar las urnas en la cuantía que pronosticaban los sondeos de opinión. Al confundir rapidez con precipitación, derrumbó muchas esperanzas electorales apartándose a la hora de la verdad votantes provenientes del PP entre los que cundió la especie de que pondría esos sufragios al servicio del PSOE. En estas vísperas del 28 de abril, el PSOE hace lo propio desvirtuando a conveniencia el sentido de la concentración de la plaza de Colón contra la política de cesiones de Sánchez a quienes propiciaron su investidura Frankenstein para llegar a La Moncloa con sólo 84 escaños propios de los 350 del Hemiciclo. Machaca el eslabón más débil de una posible mayoría a la andaluza, dado el poco asiento del electorado de Cs.

De hecho, la formación naranja entra en liza con unos cálculos demoscópicos apreciablemente rebajados por mar de una crisis de crecimiento. Cuando gozaba de virginidad y formaba el dúo de lo que se dio en llamar «nueva política», los españoles veían en Cs lo que esperaban ver. Beneficiábase así de un efecto aureola que explica la conocida apreciación de Bernard Shaw en su Pigmalión: «La gran diferencia entre una señorita y una florista no está en cómo se comportan, sino en cómo son tratadas». A medida que ha ido adoptando decisiones, se ha ido diluyendo ese estado de gracia por el que todo era evaluado favorablemente por parte de una complacida opinión pública que ahora los mira con menos arrobamiento.

Apasionado de sí mismo y nublado por la imaginación, Rivera desarrolla ese síndrome de Peter Pan que hace que los que lo padecen sean, a la vez, «un tercio genial, un tercio falso y un tercio incomprensible», como se decía de André Malraux, quien deslumbró a tantos como engañó. Políticamente, nuestro Peter Pan ya no puede escapar de la madurez en pos del idealizado País de Nunca Jamás, sino enfrentarse a la cruda realidad de un partido que se juega el ser o no ser en los comicios abrileños. Para ello, debe conjugar el arrojo con la prudencia. No es cosa de inmortalizarse como Eróstrato incendiando el templo de Artemisa. Al fin y al cabo, Rivera no es lo bastante joven para saberlo todo.

Así, atendiendo a aquello de que las cosas deben hacerse cuando produzcan más efecto y donde hagan mayor ruido, ha cometido un error de libro, por ejemplo, con el abrupto fichaje bajo su padrinazgo de la ex presidenta de las Cortes de Castilla y León. Silvia Clemente se acostó siendo del PP y se levantó de Cs, poniendo en solfa los postulados naranjas y desacreditando sus primarias por medio de un pucherazo nada edificante. Si cree Rivera que, con un partido de aluvión, va a dar el salto adelante que precisa, se equivoca de medio a medio.

Cuando se echan las redes en el río revuelto de la política, como se ha demostrado en Castilla y León, pero también en Baleares, puede ocurrir que se capturen especies poco recomendables para servirse en la mesa del votante. No es el caso, desde luego, de Marcos de Quinto, ex vicepresidente mundial de Coca Cola, que ayer anunció su incorporación y que le dará chispa de vida a Cs.

Aplicándose la máxima del premier británico Lord Palmerston de que Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes, Cs se ha conducido con igual pragmatismo en sus pactos, ora con el PSOE, ora con el PP. A la usanza de un partido atrapalotodo enarbolando las banderas de la regeneración y el rechazo al nacionalismo, pesca en los caladeros de la derecha y la izquierda. Con una ambigüedad calculada –definirse es limitarse–, ambiciona ensanchar su base electoral, pero no termina de trasladar la confianza necesaria a una y otra orilla.

Para no dejar de ser una joven promesa y convertirse en una triste realidad, el eterno adolescente Peter Pan Rivera, acompañado de Campanilla Arrimadas, debe abrirse paso para afirmar el constitucionalismo con una seguridad convincente. No lo ha logrado hasta ahora ni comprometiéndose a no votar al PSOE Sánchez en su deriva plurinacional.

Hay quienes piensan que, dándose las circunstancias, Rivera volvería a darse el abrazo de 2016 con el dirigente socialista al que ahora repudia, trocando su comprometido «no» en una abstención. Pero no parece que Sánchez quiera o pueda romper su alianza con quienes le llevaron a La Moncloa.

En política de alianzas, «nunca digas nunca jamás», como le rebatió un cualificado socialista a Sánchez cuando éste aseveró que el PSOE no pactaría con Podemos «ni antes ni durante ni después» de los procesos electorales, así como que tampoco lo haría con los partidos independentistas. Luego lo hizo de hoz y coz pasando por encima de sus barones como una máquina apisonadora. Pero, aunque Cs pudiera tener esa tentación alentado por determinados sectores empresariales, no va a tener ocasión. Por mucho que los promotores del Pacto del Tinell en 2003 con el independentismo y de su posterior extensión por medio de la investidura Frankenstein traten de invertir la carga de la prueba con su jeremiada de que Cs les ha tendido un cordón sanitario al negarse a pactar con ellos.

Desgraciadamente, todo advierte que el PSOE, siguiendo la conducción del PSC, buscará una entente con la ERC de mosén Junqueras, que ha pactado con Bildu para las elecciones europeas, como a su vez éstos lo han hecho con Podemos en el País Vasco. Rememoran así aquel pacto que Carod-Rovira suscribió con ETA en Perpiñán para que Cataluña quedara fuera de la zona de atentados de la sanguinolenta banda.

Si el error de la izquierda durante la II República fue no admitir pactos con el centro, según anota Alcalá-Zamora en sus Diarios, el del PSOE de Zapatero y de Sánchez ha sido avenirse con los independentistas juzgados por el intento de golpe de Estado del 1 de octubre de 2017 y que carecen de propósito de enmienda. Pero a cuyo rescate acudirá Sánchez blandiendo una supuesta normalización de la vida catalana o, lo que es lo mismo, el sometimiento de ésta al secesionismo.

Para escamotear esa realidad intangible, los aurúspices de La Moncloa, con la ayuda de fondos públicos y la perversión de las reglas de juego que deben preservarse en periodo preelectoral, pretenden convertir este 28-A en un plebiscito entre Sánchez y «las derechas», ocultando la peana que éste tiene bajo sus pies de barro. Cuenta con la ventaja de que Podemos huele a cadaverina –lejos del 2011 cuando el PSOE se desfondó de los 110 diputados de Rubalcaba a los 84 de Sánchez debido a la espectacular explosión de Iglesias con 71– y con la aparición de Vox, que debilita a Cs y a PP.

Con relación al partido del ectoplasma Abascal, el PSOE promueve el efecto llamada que a su detractora Susana Díaz le trajo la ruina. Pero que a él le puede venir de miedo, pues las circunscripciones con menos de seis escaños se multiplican de Despeñaperros arriba y muchos votos del centroderecha se pueden ir por el albañal.

Imita a Mitterrand, quien fragmentó el voto mayoritario del centro derecha promocionando al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. Es verdad que los votos de Le Pen –como ahora los de su hija Marie provenían también de la izquierda obrera en periferias urbanas degradadas por el descontrol migratorio–, pero el licántropo socialista, quien se limó los colmillos para que su foto no chocara con su eslogan de «La fuerza tranquila», culminó su ambición de ser lo más parecido a un rey que había conocido la Francia republicana desde De Gaulle.

Ante esa encrucijada, Peter Pan Rivera debe sacudirse del síndrome que impide aceptar las responsabilidades propias de la edad adulta, apoyado en un personaje aparentemente frágil como Campanilla Arrimadas, competente, luchadora y que no se frustra si las cosas no van como ella desearía porque no está dispuesta a pagar el precio de Wendy por retener a nadie a su lado. Si Madeleine Albright, secretaria de Estado de Bill Clinton, decía del líder palestino Arafat que no perdía la oportunidad de perder una oportunidad, ambos dirigentes de Cs no pueden incurrir en lo mismo.

Mucho menos cuando hay votantes que no asimilan por qué Arrimadas, a raíz de su histórica victoria de 2017 en Cataluña, no presentó su candidatura a la investidura y ahora tampoco disciernen por qué cambia el Parlament por el Congreso. A Peter Pan le cuesta tanto crecer como difícil le resulta sustanciar el centro en medio del turbión de una polarización con reminiscencias del duelo de garrotazos de Goya.

Frente al acecho del capitán Garfio, Peter Pan Rivera debiera evitar errores de eterno adolescente que lo convierta en un joven cadáver merecedor de una oración fúnebre como la de Guerra sobre el túmulo político de Suárez. Muy en consonancia, por lo demás, con un país que acostumbra a enterrar en vida y luego, en justa correspondencia, sepulta como nadie.