DAVID GISTAU-El Mundo

LOS PARTIDOS que de repente acceden a una mínima porción de poder y dinero públicos deben enfrentarse al aluvión de logreros que precisamente en ese instante, como en una epifanía, se entregan a la llamada del servicio patriótico. Es la versión inversa de la célebre frase de Pío Cabanillas: de pronto, el teléfono se pone a sonar.

Como las formaciones nuevas, sometidas a crecimiento fulminante, carecen de estructuras y cuadros y han de improvisarlos para colmar la expectativa hipertrófica, la verdad es que se les cuelan unos pillastres que parecen sacados de una humorada de Berlanga. No es que desluzcan mucho comparados con el nuevo arquetipo de político profesional, que no alcanza precisamente hitos ciceronianos. Pero sí aparecen por ahí personajes que son al mismo tiempo hilarantes y desasosegantes. Nunca olvidaré la rueda de prensa de aquel candidato regional de Cs que se presentó ante los micrófonos espesado por lo que parecía una resaca migrañosa y, cuando se dispuso a relatar cuál iba a ser su proyecto estrella para la localidad, necesitó que se lo soplara un asesor porque se le había olvidado. Llega a ser de mi pueblo y salgo del abstencionismo por puro regocijo nihilista.

La última formación sometida al acecho de los logreros es Vox. Que no sé en qué estrato sociológico tiene localizado su vivero de cuadros como para necesitar cribarlos pidiendo los antecedentes penales. No deja de ser, en realidad, una actitud más propia de personas de orden que la de Podemos. Partido que, cuando tuvo que enfrentarse también al descubrimiento de que algunos de sus fichajes traían antecedentes que oscilaban entre el delito contra la salud pública y el atentado contra la autoridad, lo que hizo fue inventarles coartadas revolucionarias. Como si esos prontuarios legitimaran al representante fetén de La Gente. Vox prefiere no tener problemas y se ha puesto a comprobar la limpieza penal de sus recién llegados. Lo cual, en realidad, quita encanto a una formación que, entre arengas cuartelarias y panoplias del Siglo de Oro, parecía haberse convertido en una adaptación contemporánea de aquella Legión Extranjera a lo Beau Geste que de nada se arrepentía según cantaba Edith Piaf y donde a nadie se le tenían en cuenta los crímenes del pasado cuando firmaba la oportunidad de una nueva vida al alistarse. El PP pasa por aburrido y tiene más forajidos en los carteles de Wanted.