Así que pasen 40 años

ABC 15/06/17
IGNACIO CAMACHO

· La moción de Podemos no era contra el Gobierno sino contra el régimen nacido en el 77. Una propuesta destituyente

LA derrota de la moción de censura de Pablo Iglesias comenzó cuando él aún no había nacido, hace hoy cuarenta años. Las elecciones constituyentes, las primeras en libertad desde 1936 –y bastante menos condicionadas que aquellas–, pusieron la primera piedra de un sistema capaz de sobreponerse a su propio desgaste y al embate de los falsos profetas del desencanto. Desde entonces han sucedido muchas cosas, más buenas que malas, y la España cetrina y pobre del 77 se ha transformado en un país avanzado. La votación de ayer en el Congreso demuestra que el reciente relato de la catástrofe no pasa de una creación oportunista, un sesgado invento minoritario. España es, pese a sus problemas, una nación cohesionada en torno a su modelo democrático.

La moción de Podemos no era contra el Gobierno sino contra el régimen: contra la Transición, contra la Constitución, contra la reconciliación, contra la Corona, contra la estabilidad del Estado. Era una propuesta destituyente, un salto atrás de cuatro décadas, una ruptura con la modernidad política, un juego de aprendices de brujo que coquetean con los demonios históricos del fracaso. Lo dijo Tardá, con su estilo brusco y su épica trasnochada: los independentistas estaban a favor porque veían una oportunidad de reventar la estructura de las instituciones con la dinamita del caos. Iglesias, en vez de desmarcarse de un proyecto tan evidente de desguace de la convivencia, lo llamó compañero y le mandó desde la tribuna un abrazo solidario.

El candidato de la ultraizquierda fue sincero; en su momento estelar se embriagó de Historia al plantear una enmienda a la totalidad de la tradición burguesa de progreso. Se remontó al siglo XIX para dibujar una oligarquía continuista cuya herencia se propone desmantelar con su mesiánico designio de visionario tribunero. Se considera ungido para revocar todas las legitimidades políticas acumuladas antes de su providencial aparición como libertador de pueblos. Con cinco millones de votos –la sexta parte del total– se siente imbuido de un poder demiúrgico, iluminado para levantar un nuevo orden a partir de las cenizas del pacto constitucional y su exitoso consenso.

Ese ataque contra la herencia del 77 obtiene su impulso de una crisis colectiva de desmemoria, consecuencia de una clamorosa dejación pedagógica. Imbuidos de rutina y ensimismamiento, los agentes políticos han olvidado que la libertad requiere una continua tarea de educación, actualización y reforma. Las nuevas generaciones se han distanciado del patrimonio moral de la Transición y están dispuestas a creer en la narrativa del desastre y en la superchería derribista de la catarsis redentora. No basta con cerrar filas ante la amenaza de una distopía; es preciso reivindicar y transmitir sin remordimientos el orgullo, la dignidad y el mérito de aquella extraordinaria aventura de reconstrucción histórica.