Atreveos a hacer política

EL MUNDO – 22/05/16 – ARCADI ESPADA

· Mi liberada: Hace una semanas pusiste el grito en el cielo de Europa cuando la eurodiputada Teresa Giménez Barbat, del grupo de los liberales europeos e impulsora de Euromind, organizó en el Parlamento Europeo un debate bajo este título genérico: ¿Nacionalismos perpetuos? ¿Una sociedad alienada?: aproximación psicobiológica al nacionalismo catalán. Adolf Tobeña habló de El cerebro de la secesión, Carsten K.W. De Dreu de La neurobiología del provincianismo moral y Mark van Vugt de Los machos guerreros.

Las conferencias puedes oírlas en la web de Euromind. De Tobeña me interesaron sus reflexiones sobre la ampliación del «círculo primordial» a través de los medios y de la influencia de éstos en el fortalecimiento de lo que llamó «el comportamiento conformista o el altruismo provinciano». Del holandés De Dreu esta frase: «Las personas no luchan hasta la extenuación por sí mismas, sino por el grupo». Y de Van Vugt esta sentencia: «Es la coalición, no la nación, lo que es parte de la naturaleza humana».

No sólo tú gritaste despavorida. Antes de la celebración del acto, el diputado Ramon Tremosa, del mismo grupo Alde que Giménez Barbat, escribió una carta al presidente del grupo, Guy Verhofstadt, muy quejoso de que se celebraran unas conferencias donde iba a decirse que «ser pro-independencia está asociado a una enfermedad mental», que «dos millones de votantes catalanes quedan retratados y presentados de forma muy peligrosa» y que era inaceptable «que se permita que se refieran a Cataluña y a nuestro movimiento político insultándolo o tratándolo directamente como una enfermedad». Yo soy incapaz de juzgar científicamente las características psicopatológicas del nacionalismo catalán.

Pero estoy seguro de la conveniencia de que el eurodiputado Tremosa se someta a un chequeo general. Analizar el nacionalismo desde la sociobiología puede discutirse, en especial cuando se ignora todo sobre la sociobiología y cuando el nacionalismo sólo se siente y no se razona. Pero el análisis no presupone el ingreso inmediato de dos millones de catalanes en el manicomio. Entre otras razones, porque siguiendo el razonamiento del doctor Boadella hace ya tiempo que están en el manicomio. Más interesante aún que la de Tremosa resultó la reacción del eurodiputado Ernest Maragall, que no pertenece al grupo liberal, pero que no dudó en meterse en camisa de once varas catalanas: «Este uso de argumentos psiquiátricos y psicológicos para analizar el crecimiento de determinadas ideas políticas es un recurso propio de regímenes totalitarios».

La reacción de Maragall señala con uña de luto el drama principal de la política contemporánea y, en especial, de la política europea, que es el de prescindir de la ciencia en la toma de decisiones. Luc Ferry, ex ministro de Educación de Francia, el que prohibió valientemente el uso del velo en la escuela, acaba de publicar un libro sobre el estado de las relaciones entre ciencia y política. Se titula La revolución transhumanista y lleva este subtítulo largo e informativo: Cómo la tecnomedicina y la uberización del mundo van a trastornar nuestra vida. Ferry caza en su misma lazada transhumanista el copypaste genético que mejora al hombre y hace de la muerte una hipótesis, y la economía colaborativa que simboliza Uber, la red digital de transporte privado.

Y exige que la política afronte los impresionantes problemas derivados. Ferry es un hombre sensato, un tipo de político e intelectual raro en Francia e inexistente en España. Su tesis principal es que la política debe empezar a regular con firmeza y creatividad la inexorable revolución que adviene. Se sitúa por un igual contra los bioconservadores, del tipo Sandel o Fukuyama, y los visionarios, tipo Chris Anderson; es decir, en la clásica perspectiva socialdemócrata (clásica entre socialdemócratas inteligentes, este principal y dramático oxímoron español) que examina con pasión y con rigor lo que la ciencia puede hacer, y lo facilita; pero que al mismo tiempo se niega a admitir el principio de que todo lo que puede hacerse acabará al fin por hacerse.

En la introducción a su libro, que es, por el momento, lo único que he leído atentamente de él, Ferry compara el eco del debate transhumanista en Estados Unidos y Europa. El debate tiene excitantes vertientes morales y políticas. El transhumanismo propone una civilización en la que la especie humana haya pasado del azar a la elección: «De la lotería genética que ‘nos cae encima’ a una manipulación y mejora genéticas voluntaria y activamente buscadas». La economía colaborativa diseña un mundo regido por los makers, «estos individuos cada vez más numerosos que quieren emanciparse definitivamente de las cargas colectivas, incluso de las legislaciones nacionales», para fabricarse ellos mismos (redes abiertas e internet de las cosas) todo lo necesario para la supervivencia.

Es fácil imaginar los agudos problemas sobre la desigualdad y el papel del Estado que el debate suscita, por referirme tan solo a dos obviedades rápidas. Ferry constata que mientras en Estados Unidos, Google invierte centenares de millones de dólares en la empresa Calico, cuyo objetivo societario es «matar la muerte», y la reflexión transhumanista atraviesa tanto la prensa como los papers, Europa no acaba de tomar conciencia de lo que viene.

Este párrafo crucial: «Nuestras democracias permanecen casi mudas frente a las nuevas tecnologías que trastornarán nuestras ideas de arriba abajo. Nuestros dirigentes, pero también nuestros intelectuales, paralizados por el sentimiento del declive, incluso de la decadencia, fascinados por el pasado, las fronteras, la identidad perdida o la nostalgia de la Tercera República [de cualquier república] parecen, con raras excepciones, sumergidos en la más completa ignorancia de estos nuevos poderes del hombre sobre el hombre, por no decir en el aturdimiento más absoluto, como si el mandato más preciado de los grandes espíritus de las luces, sapere aude, atrévete a saber, hubiera devenido letra muerta».

La decadencia, la fascinación por el pasado, las fronteras, la identidad perdida, la nostalgia republicana.

Queda inaugurada la próxima campaña electoral española.

Y sigue ciega tu camino entre las Luces.

EL MUNDO – 22/05/16 – ARCADI ESPADA