Olatz Barriuso-El Correo

Si hay una predicción comúnmente aceptada respecto a la hipotética repetición electoral del 10-N es que apuntalaría al bipartidismo tradicional frente al ‘bibloquismo’ en que ha devenido España tras el 28-A. Dicho de otro modo, el PP y, en menor medida, el PSOE serían los principales beneficiarios de una reválida en las urnas. Ése es el escenario que dibujan las encuestas publicadas tras la investidura fallida de Pedro Sánchez, que encuentra en esos augurios razones más que de sobra para ningunear a Pablo Iglesias y plantearle un ‘trágala’ en el tiempo de descuento. Si lo toma, habrá gobierno a la portuguesa o a la danesa, tal como quería el presidente en funciones. Si lo deja, el PSOE podrá culpar a Podemos de condenar a España a la inestabilidad a la belga cegado por su ambición.

¿Y el PP de Pablo Casado? Pues diríase que asiste complacido y hasta regocijado a las maniobras de Sánchez, convencido de que cualquiera de los dos escenarios posibles -una repetición electoral o un Ejecutivo en precario con socios de dudosa garantía- le beneficia. Nunca un liderazgo tan frágil y cuestionado como el de Pablo Casado -que llevó al PP al peor descalabro de su historia en unas generales y al que le sigue persiguiendo la sombra de la corrupción- ha mutado en tan poco tiempo en consolidado, con perspectivas además de recuperar parte del terreno cedido a Cs y a Vox.

Varios son los factores que han permitido al presidente popular dar la vuelta a la tortilla. El más evidente, y seguramente determinante, la constatación de que la fragmentación del centro derecha perjudica seriamente sus intereses, lo que alimentaría el regreso ‘a casa’ de buena parte de los votantes fugados, alarmados por la trayectoria errática de Sánchez y la zozobra a la que España parece condenada.

A esa reagrupación del voto ayudaría que el PP se las haya arreglado para seguir liderando el bloque de derechas pese a la debacle en las urnas, conteniendo el anhelado ‘sorpasso’ que perseguía un desconcertante Albert Rivera y las ínfulas de crecimiento desaforado de Vox. La inercia, la sólida estructura territorial y los errores ajenos han apuntalado a Casado y los poderosos intereses económicos, empresariales y fiscales de las comunidades donde el triunvirato PP-Cs-Vox podía desalojar a la izquierda han hecho caer los acuerdos como fruta madura pese a las rencillas. Unos pactos de los que el PP es ‘cabeza de cartel’ y por lo tanto principal destinatario de sus réditos. A partir de ahí, como demuestra el discurso de investidura de Isabel Díaz Ayuso (casadista sin fisuras, primer hito del casadismo a ultranza), la fórmula de Génova es sencilla: abrazar el liberalismo que siempre encarnó Esperanza Aguirre frente al más contemporizador marianismo, arrebatando de paso a Cs su principal bandera. Con la bajada de impuestos como reclamo, sin que los guiños al más montaraz ultraconservadurismo rebasen los límites del escándalo, Casado ha acallado la contestación interna, se ha rodeado de sus fieles línea FAES y se prepara para que los pecados de ego ajenos engorden su cuenta de resultados. Las urnas dirán si acierta.