ABC-IGNACIO CAMACHO

El presidente saca cada semana una ocurrencia para evitar que se transparente el vacío programático de su agenda

LA mayoría de las personas, cuando ven un charco, lo evitan. Pedro Sánchez, en cambio, en vez de rodearlo lo pisa como un chiquillo chapoteando entre saltitos de alegría. Y lo hace políticamente descalzo, sin las katiuskas de una mayoría, encantado de mojarse con la improvisación aventurerista. Cuando no tiene charco cerca es él mismo el que inunda la pista con la manguera de cualquier ocurrencia más o menos repentina. Da igual que luego no sean viables o que resulten meras declaraciones vacías porque su único interés es el de crear debate para aparentar iniciativa. Su fórmula de gobierno –de poder, más bien– consiste en esparcir a su alrededor cada día un montón de salpicaduras propagandísticas. Una ventaja tiene para los periodistas: entre anuncios, contradicciones, propuestas y enmiendas, sus entrevistas no suelen salir aburridas.

A diferencia de Rajoy, que siempre decía lo mismo –es decir, nada– en todas partes, este presidente se empeña en soltar novedades en todas sus comparecencias. Si es menester se las inventa; la cuestión es impedir que se transparente el abismal vacío programático de su agenda. Ayer sacó a relucir con mucha prosopopeya la oferta de otro Estatuto para Cataluña, que no es una idea exactamente nueva: ya en 2016, durante su investidura fallida, la utilizó a sugerencia de Iceta para negociar por lo bajinis con Esquerra. Y recibió calabazas porque el separatismo ha dejado atrás esa fase intermedia para entrar de lleno en el vértigo de la independencia.

Estamos, pues, ante otra operación de entretenimiento. Osada, desde luego, porque el proponente tiene 17 diputados (de 135) en el Parlamento catalán y 84 (de 350) en el Congreso: toda una masa crítica para garantizar la viabilidad del proyecto. Pero incluso suponiendo, que es mucha suposición, que los secesionistas aceptasen dar su visto bueno, que Puigdemont, Torra y demás compañeros cayeran de hinojos en una crisis pragmática de arrepentimiento y que fuesen capaces de renunciar a su famoso proceso sólo para que Sánchez siga en su puesto, quedaría un insignificante problema para culminar el enredo. Y es el de cómo «reconstitucionalizar» los artículos del anterior texto que el Tribunal Constitucional anuló porque rebasaban el marco competencial del autogobierno. Y que por cierto dotaban a Cataluña de una Justicia propia que, de tener en este momento, habría impedido procesar a los líderes insurrectos.

Evidentemente, al acróbata de La Moncloa le trae al pairo todo eso. Se trata de lanzar otro cohete al vuelo y armar con él un poco de ruido para continuar ganando tiempo. Posar de hombre bueno y de dirigente constructivo ante lo que quede del catalanismo políticamente correcto. Quizá conozca ya mismo el efecto de su penúltimo gesto cuando los separatistas presenten el programa de festejos que preparan para conmemorar en la calle el aniversario de su referéndum.