ABC-IGNACIO CAMACHO

El voto telemático favorece el fraude. Se puede manipular el recuento, suplantar al votante y alterar el censo

LA democracia es un ciudadano ante una urna y unos testigos neutrales que dan fe de su identidad y de su voto secreto. Ésa es la tríada liminar que permanece en el tiempo como custodia de las garantías esenciales de un proceso cuya imparcialidad se pone en duda si falta alguno de los tres elementos. Ciertas corrientes de modernidad mal entendida tienden a considerar un progreso la sustitución del limpio mecanismo tradicional por un sufragio cibernético que se presta a suplantaciones y manoseos al desaparecer la claridad del trámite directo. En un mundo donde los hackers son capaces de descerrajar el cifrado más hermético y complejo, el voto telemático es un albur que favorece la picaresca, el truco y los enredos fraudulentos. Se puede manipular el recuento, la personalidad del elector y el censo, como así ocurre de hecho porque en el campo tecnológico todo lo que es posible hacer se acaba haciendo. Y al final, el intento de renovar la política y sus métodos desemboca en modalidades actualizadas de vicios viejos.

Así, por parecer frescos y contemporáneos, los nuevos partidos están convirtiendo sus primarias en una justa de pucherazos. En las consultas de Podemos hay inscritos que reconocen haber votado varias veces sin mayor obstáculo, y ahora ha sido Ciudadanos el protagonista de un escándalo que ha puesto en evidencia a la candidata castellana del aparato. Para ser más representativas y abiertas que el convencional dedazo autoritario, las elecciones internas exigen unos mínimos de transparencia que avalen sus requisitos democráticos. El cibervoto es cómodo, barato y permite disimular la falta de infraestructura y de músculo orgánico, pero no tiene ni de lejos la legitimidad que proporciona el acto presencial debidamente regulado. El adanismo político siente una proclividad narcisista a reinventar lo que ya está inventado. Y mira por donde, aún le queda algo que aprender de los partidos clásicos y de sus denostados hábitos de pesados dinosaurios. Por ahora, el principio de «una persona, un voto» no es sustituible –al menos sin sobresaltos– por el de una persona, un teclazo.

El episodio de Castilla y León, con el agravante de transfuguismo por medio, ha dejado maltrecho el prestigio de Cs en el peor momento, cuando más atascado se halla en los sondeos. Aunque la trampa fue detectada in extremis por unos jóvenes despiertos, y corregida por la dirección con prontitud y celo, el partido naranja sale del lance con sensibles desperfectos. Y el alcance del bochorno afecta además al propio procedimiento, a la idoneidad de unas primarias ya cuestionadas por las facilidades que ofrecen al oportunismo aventurero, a los liderazgos populistas y al entrismo de gente de dudoso mérito. Como la calidad de la democracia se mide también en su ejercicio interno, merece la pena el riesgo… siempre que nadie olvide que el Mediterráneo ya está descubierto.