¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Boadella lo explica

ALBERT BOADELLA – DOLÇA CATALUNYA – 10/06/17

· La Cataluña de hoy se ha articulado alrededor de una calumnia alentada y difundida desde finales del siglo XIX.

Si alguien ha calado desde hace tiempo al nacionalismo catalán es Albert Boadella, quien, por ejemplo con su Ubú President, puso sobre la mesa lo que ahora ya todos sabemos sobre el clan Pujol. Y sigue haciéndolo, como lo demuestra la columna que ha publicado en El Mundo bajo el título La calumnia catalana.

Allí nos explica uno de los factores clave para entender la obra del nacionalismo: el uso sistemático de la calumnia, de la mentira malintencionada destinada a generar odio:

“Dos ciudadanos españoles que no han vivido en Cataluña durante los últimos decenios se preguntan a menudo, no sin cierta consternación, cómo se ha podido llegar hasta la situación actual. A quienes se manifiestan tan consternados les recomendaría una obra lírica muy concreta con el fin de acercarse a la esencia del llamado problema catalán. Se trata del aria La calumnia de El barbero de Sevilla. Me explico. A veces el arte tiene la prodigiosa capacidad de sintetizar aquellas cosas que a primera vista parecen harto intrincadas. Prestando atención a la espléndida aria de Rossini se puede dilucidar de forma sencilla y diáfana la génesis de lo que ha provocado la situación que vive hoy Cataluña.

Mediante su gran belleza musical, el aria contiene una letra que es una deliciosa imagen del acto vil que relata y cuya descripción parece hecha a la medida del tema que nos ocupa: “La calumnia e un venticello”… (Traduzco la continuación). Un aura gentil que imperceptible, sutil, ligeramente, dulcemente comienza a susurrar. A ras de tierra va corriendo. Va zumbando. En las orejas de la gente se introduce hábilmente y las cabezas y cerebros hace aturdir y hace hinchar. El alboroto va creciendo. Toma fuerza poco a poco. Vuela ya de un lugar a otro. Parece un trueno, una tempestad. Al final se desborda y estalla. Se propaga y se redobla y produce una explosión como un disparo de cañón. Un terremoto. Un temporal. Un tumulto general…”.

Pues así de sencillo. El núcleo del “temporal” catalán gravita sobre una simple calumnia. Una calumnia urdida hace más de un siglo pero cuya propagación acaba derivando en múltiples facetas culturales, políticas y sociales, que encubren la inconfesable raíz del asunto. Desde el inicio se adornó con una pátina cultural a la que posteriormente se sumó la política cismática. Hoy debemos admitir que la vil semilla fratricida ha dado su fruto.

Para una mayoría de catalanes, España es ahora el enemigo a batir. Hay muchos catalanes que además de apuntarse a la leyenda negra anglosajona consideran España como una nación opresora que ha venido saboteando desde tiempos inmemoriales los intereses de Cataluña. Una rémora que impide su evolución. Una sociedad atrasada que les ha metido en dictaduras y monarquías degradadas y despóticas. Una España integrada por una ciudadanía poco aficionada al trabajo, la cual después de aprovecharse de la economía y el progreso de los catalanes siente una inquina especial hacia las supuestas diferencias étnicas. Y así una larga lista de agravios perdidos entre la nebulosa de los siglos, cuya base real es un escarnio a la inteligencia. Un embuste burdo que no resiste el más mínimo rigor histórico.

Sin embargo, una calumnia es algo más que un simple embuste. El embuste forma parte de un impulso o estrategia primaria. La calumnia es ya la introducción de la sofisticada perversidad humana. Se remueve entre argumentos equívocos destinados a confundir. Una calumnia está elaborada para dañar la reputación del calumniado en función de intereses inconfesables aunque siempre muy precisos. La creación de un enemigo ficticio requiere de este proceso.

El enemigo común es la pieza imprescindible del nacionalismo y ello no es posible sin la inducción de un ánimo paranoico en la masa. La fuerte unión de un colectivo humano impulsado por esta dinámica perversa resulta relativamente simple bajo un adversario claramente perfilado. La historia está plagada de innumerables ejemplos mayoritariamente trágicos. Sin embargo, también hay que saber alentar con retorcida astucia la evolución del “venticello” para llegar hasta el “temporal”.

Para ello los promotores cuentan con la enorme rentabilidad que proporciona incitar los bajos sentimientos latentes en los colectivos humanos. A esta forma de proceder también la podemos llamar populismo o simple demostración amoral de una pandilla de rufianes y una masa de insensatos. En Cataluña sólo se trata de venderlo como nobles sentimientos de arraigo del pueblo. Cuentan además con un detalle esencial que facilita en gran parte la estrategia difamatoria. Una parte significativa de este pueblo habla una lengua distinta del enemigo común, aunque no tan distinta para que el ciudadano llegado de otro territorio pueda apuntarse con interesada rapidez a la furia del converso.

Desde una óptica social, política y cultural, la Cataluña de hoy se ha articulado alrededor de una calumnia alentada y difundida desde finales del siglo XIX. Lo anterior pertenece a otro género de zarandeos históricos. En nuestro siglo su arrolladora expansión a través de la educación y los medios (cito de nuevo el aria) se ha introducido en las orejas de la gente: “…En las orejas de la gente se introduce hábilmente y las cabezas y cerebros hace aturdir y hace hinchar…”. No obstante, sus consecuencias, en este sentido, son visibles y manifiestas para todos los españoles. Las acciones públicas de los dirigentes catalanes siempre llevan retranca. No transmiten nunca limpiamente honestidad, lealtad o simple sentido común. Cualquiera de sus pretendidas aspiraciones, incluso las que podrían parecer legítimas, rezuman una sensación innoble. Un tufo a chantaje, insolidaridad, ridícula petulancia o incluso xenofobia.

Eso sucede porque la raíz de cualquier acción humana condiciona de forma determinante la decencia del proceso y la propia dignidad del resultado. Hagan lo que hagan, la raíz de la calumnia pesa irreversiblemente sobre el nacionalismo catalán e incluso sobre el taimado catalanismo. Me atrevo a decir que alguna vez ha gravitado sobre muchos de nosotros incluyendo en ello relevantes figuras del arte, la ciencia y la cultura de aquella región. Es una epidemia muy contaminante.

Después de largos años viviendo en la inopia, ahora son muchos los españoles que constatan la existencia de un problema real en Cataluña y se preguntan por sus posibles soluciones. Incitan al Gobierno de la nación a que acepte la realidad de una Cataluña sulfurada y negocie con ellos para encontrar una salida. Aquí viene a cuento el final del aria rossiniana: “…Y el infeliz calumniado, envilecido, aplastado, bajo el público azote podrá considerarse afortunado si sobrevive”. Yo me pregunto: ¿La España cornuda y apaleada tendrá fuerza moral para sobrevivir como nación unida? ¿Sobrevivirá la España constitucional a esta enfermedad disgregadora manteniendo la totalidad de sus hectáreas?

El Gobierno se encuentra en una disyuntiva moral muy espinosa. Es obvio que hasta el momento no ha sabido acotar el grosero desafío. El tiempo corre en su contra y a favor de los desalmados con sus enardecidas masas de irresponsables. De tal forma que a estas alturas ya sólo quedan dos salidas. Ni terceras vías ni sandeces. La salida moral o la del enjuague político. Actuar ignorando la existencia del problema, manteniendo así impoluta la dignidad del Estado de derecho, o conceder patente de verdad a un “temporal” cuyo epicentro gira alrededor de la vileza que subyace en una calumnia. Compadezco a quien tiene que tomar la decisión aunque personalmente, conociendo como conozco tan profundamente el percal de la tribu, por mi parte lo tengo muy claro.”

Dolça i verinosa Catalunya…

ALBERT BOADELLA – DOLÇA CATALUNYA – 10/06/17