IGNACIO CAMACHO-ABC

El recién nacido Partido Sanchista pesa unos 90 diputados y es alérgico a toda estructura orgánica representativa

EL PSOE que hemos conocido hasta ahora ya no existe. Murió en las primarias de mayo y fue enterrado ayer en un comité federal con ausencia de una oposición interna resignada, léase de una Susana Díaz que prefirió visitar en Jaén un centro de atención infantil temprana. A partir de ahora, el partido de estructuras piramidales y federaciones con gran influencia orgánica queda subsumido en una formación populista de interlocución directa entre el líder y la militancia, una alianza vertical que somete el poder de los célebres barones al dictado de las consultas plebiscitarias. Ha nacido el Partido Sanchista, creado por el secretario general a su imagen y semejanza; pesa alrededor de noventa diputados según las encuestas y es alérgico a toda fórmula de representación jerarquizada.

Nadie podrá reprochar a Pedro Sánchez que haya quebrantado su palabra. Ha matizado mucho el «no es no» a Rajoy debido a la crisis catalana; mejor aconsejado que hace un año, o más receptivo a los consejos de personas sensatas, ha acentuado su perfil de hombre de Estado y atemperado sus ímpetus de insurgencia partisana. Incluso ha entablado con el presidente, al calor de la rebelión independentista, una relación de relativa cordialidad en largas conversaciones privadas. Ello no le impide negar toda colaboración al Gobierno y al mismo tiempo acusarlo de paralizar el país por falta de mayoría parlamentaria; las grandes coaliciones sólo son posibles en Alemania. Pero ha dejado de obsesionarse con su rival y ha abandonado la idea de llegar al poder por la vía rápida. Su objetivo más próximo son las elecciones territoriales del año que viene; para las generales está convencido de que se enfrentará a otro candidato y de que el marianismo está en silenciosa retirada.

Sin embargo, Sánchez es un hombre de propósitos fijos. Prometió que liquidaría al «viejo PSOE» y lo ha cumplido. En su lugar ha alumbrado una organización de carácter cesarista, impregnada de caudillismo; favorecido por los errores estratégicos de Pablo Iglesias, que se ha autoeliminado como adversario con peligro, le ha copiado el modelo de liderazgo vertical a Podemos para establecer una hegemonía autoritaria a su estilo. Lo que no ha perdonado es el ajuste de cuentas con sus críticos. Ni una concesión, ni un pacto, ni un gesto de generosidad: ay de los vencidos. El diseño de la cúpula de mando garantiza su control absoluto del aparato: se acabaron los coroneles y ya no hay más jefe que él, ni más cuadros intermedios ni más órganos representativos. Las bases que lo encumbraron ejercerán de fuerza de choque, de brigadas patoteras para arroparlo ante cualquier conjura o conflicto. Ha seguido al pie de la letra el adagio de que los compañeros son siempre los peores enemigos.

Eso sí: tiene año y medio para acercarse a su objetivo. Ante cualquier contratiempo grave volverán a brillar los cuchillos.