Santiago González-El Mundo

El secretario general de Ciudadanos parece un hombre ocurrente. Al valorar la entrevista que ayer mantuvo Albert Rivera con Mariano Rajoy, tuvo un elogio, quizá involuntario para el presidente del Gobierno: «Rajoy no ha trasladado en ningún momento la ocurrencia de que Arrimadas se presente a la investidura. Esas ocurrencias corresponden a otro nivel de partido. Rajoy parece que sabe sumar». 

Un vistazo desapasionado al nivel de la política nacional (y no digamos de las políticas autonómicas) podría llevar a la conclusión de que el dominio de las cuatro reglas es condición necesaria e intelectualmente suficiente para gobernar. No siempre pasa. A mí me parece bien que Rajoy se guardara de recomendar a Rivera que Inés Arrimadas se presente a la investidura, aunque no tiene nada que ver con la suma, sino con la memoria. El presidente no le hace la suma a Cs porque ya tiene a los Hernandos para los trabajos mecánicos y más vale no exponerse a la hemeroteca. Él hizo lo mismo cuando declinó el ofrecimiento del Rey el 21 de enero de 2016 para que se sometiera a la investidura en el Congreso. 

¿Confían los populares y los socialistas que la investidura desgaste a Arrimadas? No me consta lo primero y lo otro es un futurible. Tengo ya dicho que el poder desgasta, que la vida nos desgasta, en eso consiste el oficio de vivir, que decía Pavese, y que el acto de respirar, tan vital para el organismo, es lo que nos oxida al mismo tiempo. 

¿Creerá Villegas que Felipe no había aprendido aún a sumar cuando presentó la moción de censura contra Suárez en 1980? González no sumó los escaños necesarios para investirse, pero dejó claro ante la opinión pública española que había en él madera de presidente y un año y medio más tarde lo fue.

  Uno ha seguido con interés la carrera parlamentaria de Arrimadas y ha disfrutado con los revolcones que daba a la inutilidad conceptual de Puigdemont. Tomar la iniciativa es obligado. Se lo debe al millón largo de catalanes que construyeron con sus votos el triunfo electoral de Ciudadanos, a los cientos de miles de manifestantes que llenaron las calles de Barcelona en dos ocasiones, y a los que rompieron el miedo para colgar en sus fachadas banderas españolas. El pase de mí este cáliz sólo sirve para propiciar que los separatistas sigan las absurdas iniciativas, como la de Turull, pobre menguado que quiere investir a su candidato por vía telemática. 

Para ello, piensan los separatistas en volver a sentar en la Presidencia del Parlament a Carme Forcadell que ha aprendido a magrear el Reglamento para convertir lo imposible en algo cierto, aunque delictivo. En este punto, yo confiaría en el juez Llarena, pero antes de llegar a eso, Ciudadanos ha hecho bien en reclamar la Presidencia de la Cámara en tanto que partido más votado. Y con el mismo argumento debería aspirar a la Presidencia de la Generalidad. La victoria hay que proclamarla y ejercerla. No puede quedarse sólo en un alegre brindis en la noche del recuento.