Teodoro León Cross-El País

Cuando Sánchez habla de explorar otras opciones, la preferida sigue siendo Ciudadanos

Sánchez, tras fracasar de nuevo en la investidura, se ha comprometido a explorar otras opciones. Claro que hay algo que no encaja en la idea de Sánchez como un explorador, dispuesto a ponerse un salakov metafórico para adentrarse corajudamente en arduas negociaciones como Livingstone en el Zambeze o Amundsen en las desoladoras praderas de hielo hacia los polos. Y no encaja el imaginario del explorador porque Sánchez no ha actuado en las negociaciones, en ningún momento, dispuesto a afrontar dificultades asumiendo riesgos. Al margen de que Podemos haya actuado desde la sinrazón dogmática —¿por qué esta vez iba a ser una excepción?— su plan no era ése. Y ahora tiene muchos incentivos, muchos, para dejar correr agosto, “augusto y lento” como en el poema de Gerardo Diego, hasta añadir el estrés de la repetición electoral.

En realidad nunca ha existido una sesión de investidura, solo una sesión-de-no-investidura. No había pacto en que sustentarla. La desconfianza, como suele suceder con partidos de los extremos, ha resultado irreparable. No es un disparate dar ministerios incluso de Estado a un socio de Gobierno cuando se confía en el socio y se han redactado decenas de páginas definiendo el programa con sus líneas rojas —Merkel ha llegado a dar Exteriores, Finanzas, Justicia y Trabajo a los socialdemócratas— pero no se puede entregar poder a un socio en el que no se confía.

La opción Frankenstein siempre ha espantado al PSOE. La respuesta al desafío catalán, el respeto al Tribunal Supremo tras la sentencia del procés, la acción policial… sólo eso a corto plazo era inquietante, por no mencionar los ajustes desde Bruselas o la diplomacia internacional. Sánchez, con instinto ventajista, aprovechó el monstruo en una moción instrumental y a lo largo de un año ha convertido su partido herido en primera fuerza. Todo eso es política, pero gobernar es otra cosa.

Cuando Sánchez habla de explorar otras opciones, sin duda vuelve a poner el objetivo en su opción preferida para gobernar, aunque a contracorriente de aquella estrategia política: Ciudadanos. La abstención naranja tras fijar líneas rojas y pactos de Estado es, de hecho, la opción a la europea preferida del electorado, como Sánchez enfatizó en la tribuna del Congreso; y a estas alturas Rivera lo sabe y ha visto cómo le dimitía una parte de su nomenclatura, representativa de votantes también perplejos o hastiados. Esta opción, en todo caso, no va a convertir tampoco a Sánchez en un explorador de la mesa de negociación. Al revés, teatralizará algunos gestos pero procrastinará hasta que la convocatoria de nuevas elecciones pueda funcionar, alentada por un factor ausente hasta ahora: el hartazgo de la ciudadanía. Eso sumará en el estrés del calendario.

Sánchez probablemente confía en que agosto proporcione una tregua, adormeciendo el debate político… y ya en septiembre, como toda asignatura pendiente, sea la urgencia de la repetición electoral, con sondeos calientes, la que resuelva la aritmética para gobernar y mejor en solitario. Parafraseando a Groucho, de derrota en derrota ¿hasta la victoria final?