José Antonio Zarzalejos-El Confidencial

Es muy importante la detención de Puigdemont desde un punto de vista operativo. Los servicios de inteligencia españoles no han estado a la altura de las circunstancias en Cataluña

Poco antes de las 11.19 horas del pasado domingo, Pilar Rahola se jactaba en su programa de TV3 de la perspicacia con la que Carles Puigdemont eludía la euroorden del juez Llarena. En Bélgica, campaba por sus respetos. Viajó a Copenhague con entera libertad porque para entonces el magistrado del Supremo había desactivado la petición internacional de detención y entrega. Luego saltó a Suiza y peroró en Ginebra. Y cuando creyó que todo el monte era orégano tuvo la mala idea de desplazarse a Finlandia justo cuando el instructor de la causa especial contra el ‘procés’ acababa de procesarle por rebelión y reactivar la euroorden. Durante unas horas, nadie supo dónde estaba Puigdemont. Así que Rahola se permitió calificarle como “el puto amo”.

No tardó demasiado la periodista emblemática del independentismo en tener que deglutir sus palabras, porque tan pronto como daba por sentado que Puigdemont toreaba a Llarena y al Estado, le llegó la noticia de su detención en unas condiciones prosaicas: en una gasolinera a treinta kilómetros de la frontera de Dinamarca con Alemania. En ese momento, el expresidente de la Generalitat dejó de ser el “puto amo” para convertirse en un presidiario provisional, condición que él calificó de inhabilitante en el caso del encarcelado Oriol Junqueras. Rahola pidió calma y con su habitual ufanía se olvidó de la épica ‘procesista’. Para mayor contrariedad de los independentistas la detención se produjo en Alemania, país muy distinto a la desarticulada Bélgica, y en la operación de detección, seguimiento y apresamiento participaron miembros del CNI y de la Policía Nacional. Demasiado para mantener el rostro risueño. No faltan los que, conspiranoicos, suponen que el expresidente facilitó las cosas. O sea, que fue la suya una entrega simulada. Una tesis especulativa ante la aparente torpeza de Puigdemont y sus acompañantes.

 Volviendo de la digresión anterior, al independentismo le ha mortificado, no solo la detención como tal de Puigdemont, sino el modo en que se produjo, dónde se produjo y quiénes la ejecutaron. Después de tanto toreo de salón desde el “espacio libre de Bruselas”, Puigdemont cayó en la trampa de su propia soberbia, de esa suficiencia tan estúpida que los líderes de la asonada separatista han venido manteniendo con la sonrisa en los labios. La subestimación del Estado español ha sido, y sigue siéndolo porque tardan en reparar en sus propios errores, el más grave yerro de los dirigentes de la insurgencia catalana. El paradigma de esa falsa superioridad ha consistido en el apresamiento de Puigdemont, sea o no devuelto a España, una cuestión que no está exenta de debate jurídico en Alemania. Solo así se explica el pleno del pasado miércoles, tan declamatorio como inútil, tan inefectivo.

Pero más allá de la probabilidad de que prospere la euroorden, causa cierta perplejidad la impostura con la que se mueven los impulsores de la “revolución de las sonrisas”, persistiendo sin ánimo aparente de rectificación en una actitud entre temeraria y chulesca, no exenta de fariseísmo, que a muchos causará irritación, a otros suscitará comentarios irónicos, a no pocos satisfacción por la ristra de fracasos que acumulan y que a servidor de ustedes provoca una tristeza larga y continuada porque, siendo vasco y admirador del ‘seny’ que en mi tierra no existió durante medio siglo absorbido por la perversidad del terrorismo etarra. Me produce desolación que un parte importante de la sociedad catalana se haya desmentido a sí misma e incurra en el aventurerismo pergeñado por un carlista como Puigdemont. Un personaje menor que acaba de demostrarlo con la altanería de pasearse por Europa como si el proceso judicial en el que está inmerso fuese un juego impune a semejanza del propio ‘procés’, que además de ilegal y posiblemente delictivo, ha sido también frívolo e irresponsable.

La detención de Puigdemont ha devuelto la sensación de que la inteligencia del Estado funciona

Es muy importante la detención del expresidente de la Generalitat desde un punto de vista operativo. Los servicios de inteligencia españoles no han estado a la altura de las circunstancias en los últimos meses en Cataluña. Hasta se les escapó Marta Rovira, sometida a medidas cautelares por Llarena, y que podría ahora estar, como Gabriel, “balizada” en Suiza por el CNI. La detención de Puigdemont ha devuelto la sensación de que la inteligencia del Estado funciona, está enfrascada en la anticipación, que sigue los pasos, uno a uno, de estos personajes huidos, o no, en la propia Cataluña y fuera de ella, que conspiran contra España en un ejercicio estéril de obtener de esa denigración fortaleza propia. Deberían tener la sensación del agobio pleno y total de que el Estado en su completa panoplia de posibilidades se está defendiendo con eficiencia y que frente a él no hay lugar para “los putos amos” que lo desafíen ni con astucia sobreactuada, ni con falsos victimismos. No se trata solo, aunque lo parezca, de derrotar a los insurgentes separatistas, sino de afirmar, sobre todo, al Estado de derecho. La diferencia puede parecer de matiz, pero es categórica. Algo que los propagandistas de este desafuero del ‘procés’ parecen tener capacidad de entender.