Del fascismo al populismo del siglo XXI

EL MUNDO – 09/05/16 – GABRIEL TORTELLA

· El autor alerta de lo fácil que prenden los movimientos populistas, que sirven una ensalada de radicalismo, nacionalismo, comunismo, socialismo bolivariano, xenofobia… todo aliñado con grandes dosis de demagogia.

Entre las muchas enseñanzas que pueden extraerse de una comparación de la Gran Depresión del siglo XX con la Gran Recesión del siglo XXI es que las grandes turbulencias económicas producen grandes cambios en los patrones de voto en los países democráticos. Durante la Gran Depresión el voto se polarizó y dio el poder a la extrema derecha o a la extrema izquierda. Algo parecido, aunque no calcado, ha producido la Gran Recesión cuyos coletazos estamos experimentando todavía. El electorado, ante el choque que significa el crecimiento desmesurado del desempleo, con los dramas y traumas sociales e individuales que conlleva, se indigna con el sistema político por el que votaba en circunstancias más benignas y busca soluciones radicales y simplistas contra un sistema económico que no comprende, cuyo fracaso atribuye a la vieja política, a los plutócratas, al marxismo, al capitalismo o a grupos sociales concretos, como los judíos o los inmigrantes.

En la Europa de 1930 el bandazo fue, sobre todo a la derecha, con la aparición y triunfo de lo que hoy llamamos genéricamente fascismo. ¿Qué es el fascismo, aparte de un insulto-muletilla que lanzan a menudo, sin saber lo que dicen, las cabezas vacías de la política? La palabra fascismo es italiana, significa algo parecido a brigadismo y designa a un movimiento político de extrema derecha, nacionalista, totalitario, dictatorial y violento. Fue inventado en Italia por Benito Mussolini, ex socialista, y por Adolf Hitler en Alemania, que le dio el nombre de nacional-socialismo. ¿Por qué tuvo tanto éxito el fascismo en aquella década terrible? Porque era una reacción contra dos fenómenos que asustaban a distintas capas sociales: el desempleo y el comunismo.

El triunfo del bolchevismo en Rusia convenció a muchos de que la miseria de la postguerra primero, y los rigores de la Depresión más tarde, iban a propiciar la llegada del comunismo, favorecida por la desesperación y la ira de las clases trabajadoras. El fascismo ofrecía una alternativa, un freno al comunismo: una política autoritaria, nacionalista, conservadora, enmarcada en una retórica de izquierdas copiada de la de los comunistas: encuadramiento de masas, sindicalismo controlado, fraseología revolucionaria, uniformes, emblemas (frente a la hoz y el martillo, el hacha romana, la esvástica, el yugo y las flechas, etcétera).

Por eso, aparte de Alemania, el fascismo triunfó en Europa en los países atrasados, donde la clase media era pequeña, las instituciones políticas débiles, y cuya oligarquía política aceptó a los líderes fascistas como mal menor frente al peligro bolchevique. El caso de Alemania es especial no sólo porque había perdido la guerra y fue humillada en Versalles, sino porque el partido socialista alemán era el más poderoso de Europa. Que el fascismo era estrictamente un movimiento de reflejo anticomunista lo demuestra que, al desaparecer la amenaza de subversión comunista en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, el fascismo desapareció para no volver. Sólo quedaron las dictaduras residuales de Franco y Salazar en España y Portugal, que procuraron moderar sus rasgos fascistas y reconvertirse en regímenes autoritarios conservadores. En resumen, el legado que dejó la Gran Depresión fue esta terrible conmoción política y una Segunda Guerra Mundial, más cruenta aún que la Primera.

Hoy, aunque el trasfondo de crisis es parecido, la mayoría de las circunstancias ha cambiado. Por una parte, la economía ha cambiado, tanto la real (hoy somos mucho más ricos) como la teórica. Al ser más ricos, podemos dedicar más recursos a remediar la crisis. En el campo teórico, de entonces a acá se ha desarrollado la macroeconomía, rama muy importante que está dedicada en gran parte a desarrollar una nueva política económica fruto de las enseñanzas de la Gran Depresión para evitar que ésta se repita. Por eso, aunque en 2007 fallaron clamorosamente los mecanismos de prevención, la Recesión no ha alcanzado las dimensiones de la Depresión. En el terreno político, ni el comunismo ni el fascismo son ya más que memoria histórica o residuos a la cubana o norcoreana. El peligro de que estos fantasmas recorran Europa es muy remoto. En su lugar ha quedado un ectoplasma llamado populismo.

El populismo se caracteriza por dos cosas: una ideología confusa y simplista, y un radicalismo tremebundo pero también simplista. Por confuso y simplista, el populismo puede ser de derechas o de izquierdas, o ambas cosas a la vez. La pobreza intelectual del populismo (Podemos en España, Frente Nacional en Francia, Ukip en Inglaterra, Cinco Estrellas en Italia, Syriza en Grecia, etcétera) asombraría a Lenin o al propio Mussolini. Los movimientos populistas sirven al público una ensalada de radicalismo, nacionalismo, comunismo, socialismo bolivariano, xenofobia, resentimiento, no-violencia pero simpatía por el terrorismo, etc., todo aliñado con grandes dosis de demagogia, que no resiste el menor análisis crítico, pero que una multitud de indignados deglute como ambrosía.

Naturalmente en la ensalada no hay apenas medidas concretas factibles, ni análisis serios de la situación que se pretende remediar. Se buscan las víctimas con lupa para denunciar y hacer culpable a la casta política. Los desahucios y las preferentes han venido como anillo al dedo. Parece inconcebible que estas dosis de demagogia descarnada sean aceptadas por unas masas que se supone que hoy están más educadas que nunca. Una explicación es que la mayor parte de los que votaban a comunistas o a fascistas tampoco entendían bien las bases intelectuales del marxismo, ni siquiera las mucho más débiles del fascismo. Votaban como vota la mayoría, por impulsos emocionales, en muchos casos momentáneos.

Pero otro elemento nuevo con respecto a la situación de hace 80 años es el desarrollo insospechado de los medios de comunicación. En el mundo de la televisión e internet una efigie, una frase, un tuit, valen más que mil palabras. Para un político populista una imagen de rebeldía vale mucho más que una crítica inteligible y bien construida. Es mejor una coleta que un discurso razonado; la corbata está totalmente proscrita, a no ser que se asista a una gala cinematográfica. Para una lideresa, dar la teta a su nene en el Congreso puede captar más votos que un plan contra el desempleo. Como decía Marshall McLuhan, «el medio es el mensaje».

Naturalmente, cuando este batiburrillo ideológico llega al poder («asalta los cielos») puede ocurrir cualquier cosa menos que cumpla el programa, porque éste, estrictamente hablando, no existe. El ejemplo más claro nos lo ofrece el más exitoso populista europeo, Alexis Tsipras, el líder de Syriza, que tras «asaltar los cielos» está haciendo todo cuanto condenó cuando estaba en la oposición. El programa de Tsipras era estrictamente imposible y, por tanto, ilusorio. Al verse obligado ahora a aplicar la política que ya estaba aplicando Samarás con relativo éxito, pero un año más tarde durante el cual la situación se deterioró aún más, ha infligido al pueblo griego un sufrimiento innecesario, pero necesario para alcanzar él el poder. Y no digamos nada del socialismo bolivariano, porque aquí hablamos de demagogia, no de crimen.

En resumen: tanto en el siglo XX como en el XXI el desempleo ciega de ira a muchos votantes y eso a la larga produce más sufrimiento. La prioridad de la política debe ser la lucha contra el paro ante todo; en eso la política de medias tintas del Gobierno del Partido Popular tiene una gran responsabilidad, porque después de cuatro años el paro sigue a niveles inaceptables. Los populismos deben mucho a la incompetencia de los gobiernos.

Gabriel Tortella es economista e historiador. Su último libro es Cataluña en España. Historia y mito (con J.L. García Ruiz, C. E. Núñez y G. Quiroga).