DAVID GISTAU-EL MUNDO

ANTE las elecciones, el gran propósito común de casi todos los partidos se resume en una sola palabra: desatascar. Está la cosa como para que se presente el Pato WC –perdón por el chiste horrible pero si no lo suelto se enquista dentro–. Tanto aprecia la cultura de la Transición el término consenso, y resulta que el único queda es ése. La percepción por parte de los profesionales del cotarro político de que no pueden permitirse más fracasos debidos a los antagonismos, ya sean personales o de bandería, en un ambiente social en el que la desgana actual tal vez esté a un solo bloqueo más de tornarse ira.

A lo largo de los años, ha habido proyectos electorales de todo tipo. Algunos cultivaban la ilusión, se relacionaban con un impulso transformador, con la construcción de un mundo nuevo en la que todos eran llamados a participar. Otros, peor dotados argumentalmente, fomentaban el miedo o, a falta de algo mejor, invitaban a votar contra otro, para impedir que gobernara otro. Es la primera vez que el único proyecto, casi la única promesa electoral, consiste en comprometerse a formar un gobierno que eche a andar, que se constituya como tal, más allá de su capacidad ejecutiva. Es decir, lo que en los tiempos del bipartidismo, cuando las legislaturas duraban y las liturgias parlamentarias importaban, se daba por supuesto.

Esto, que demuestra por sí solo que vivimos en un tiempo político ramplón y carente de fuerza creadora, tiene al menos un aspecto positivo. La hartura general y la sucesión de fracasos están terminando con una época marcada por la predisposición experimental y el aventurerismo en la que proliferaron los charlatanes y los profetas curativos. Ya nadie cree en ellos. Ya nadie espera los efectos taumatúrgicos de Lo Nuevo. Los partidos clásicos están dejando de vender ideología y emoción y se repliegan a un perfil tedioso en el que ofrecen, como en una entrevista de trabajo, una serena eficacia sin pirotecnia alguna. Esto, mientras Sánchez destina partidas presupuestarias a la lealtad clientelista, es notable sobre todo en el PP, que hace nada quiso saltar en paracaídas en la primera línea de la guerra cultural, así como volverse ideológicamente más emocionante que con Rajoy, y ahora parece que ha montado una gestoría. El único partido que aún trafica con emociones es Vox, que ahora está entregado a la del desacato y el maquis inverso del posfranquismo.