FRANCISCO ROSELL-EL MUNDO

Han querido las circunstancias que, al cumplirse justo 10 años de que publiqué Treinta años de nada; Anatomía del Régimen Andaluz y cuando parecía imponerse una reedición ampliada sobre su eternización, una carambola del destino ha acabado con décadas de excepcionalidad democrática. Por primera vez, desde la restauración de la democracia, el PSOE andaluz ha perdido el privilegio que le permitió enmascarar derrotas –frente a UCD y al PP– o ampliar éxitos, al ser prácticamente el único partido capaz de suscribir acuerdos a diestra y siniestra. Así lo hizo con los andalucistas del PA (dos legislaturas), los comunistas de IU (otras dos) y los centristas de Ciudadanos (última legislatura), si bien en este caso sólo como aliados parlamentarios.

Ello ha hecho que lo que parecía necesario –la saludable alternancia política–, pero imposible, se haga realidad en este 2018 que parece encomendado a San Judas Tadeo como patrón de las causas irrealizables. ¡Que se lo pregunten a Pedro Sánchez y a Juan Manuel Moreno Bonilla! Con los peores resultados de sus partidos en España y Andalucía, uno preside y otro puede presidir sus respectivos gobiernos por un prodigio de la aritmética parlamentaria.

Incapaz de frenar su sangría de votos el pasado 2 de diciembre, su abierto desprestigio con dos presidentes (Chaves y Griñán) sentados en el banquillo y con la hija predilecta de ese régimen de corrupción, Susana Díaz, inane a la hora de atajar un cáncer que ha producido metástasis, el PSOE se queda sin su principal feudo a manos de una mayoría alternativa (PP, Cs y Vox). A la sazón, cuna del socialismo moderno refundado por González y Guerra en la localidad francesa de Suresnes.

Hay regímenes que no pueden sobrevivir a la transparencia, a la glasnost. Le acaeció a la perestroika de Gorbachov, cuya apertura en febrero de l986 originó la desaparición del burocratismo gerontocrático del régimen soviético. El socialismo andaluz ni lo intentó. Pero eran tantas las evidencias y pruebas que no ha podido sustraerse al escrutinio judicial, tras lustros de impunidad. Los bebesaurios del régimen han sido aplastados por la sombra alargada de sus mayores sometidos al imperio de la ley.

En su imperecedera obra Decadencia y caída del Imperio romano, Edward Gibbon concluye que difícilmente se descubren las causas latentes del declive de un régimen hasta que el montaje se viene abajo por su peso. Sobrevino cuando la vieja república romana olvidó que su mayor fortaleza era la virtud de sus gobernantes y gobernados.

Es también lo acontecido con el régimen edificado en Andalucía, cuyo tinglado se ha desplomado por una corrupción sistémica. Ello obligará a la mayoría del cambio, si le alcanzan las fuerzas, a refundar de raíz la autonomía con análoga intensidad con la que Santa Teresa y San Juan de la Cruz acometieron, no sin quebrantos y mortificaciones, la de los frailes carmelitas.

Estas podredumbres –delictivas, la mayoría– no se han circunscrito a la política, sino que se han extendido irremisibles a todos los ámbitos. Demuéstrase así que no existe un poder político podrido y una sociedad civil sana cuando se machihembran. Al cabo de estas cuatro décadas, la sociedad civil ha degenerado del modo en que lo han hecho sus agentes sociales, tan fundamentales como desacreditados con su vivir a cuerpo de rey.

Entre los escombros del régimen andaluz, al derrumbarse el trípode que lo sostenía –gobierno, sindicatos y empresarios–, se avizora el terrible panorama de ex presidentes enlodados de corrupción, así como jefes de los sindicatos y de la patronal dimitidos por financiación ilegal con el dinero de los parados.

Por medio de la concertación, y con la excusa de la paz social, se aseguró el voto a los gobernantes, el enriquecimiento a sus signatarios y la dócil servidumbre de la sociedad. Esa trama de intereses creados ha florecido, en efecto, en detrimento de una Andalucía que podía haber sido perfectamente la California europea. Fantasearon con ese espejismo quienes, por contra, aplicaron un dinero que llegaba a espuertas –tanto del resto de España como de la Unión Europea– en asentar un régimen que se parangonara con el del PRI en México y sus 70 años ininterrumpidos de hegemonía electoral. Desmontar ese estado de cosas va a requerir Dios y ayuda.

Desde el arranque, la autonomía andaluza ha sido un sólido tinglado de poder, soportado por una trabada red clientelar. Ha sido tejida por un abundante presupuesto repartido en pequeñas subvenciones. Su derrama impedía acometer cualquier plan ambicioso, pero garantizaba el apoyo de amplias capas de la población. De esta forma, la sucesión en la Presidencia de la Junta se contemplaba como una cuestión particular de un PSOE que se había arrogado el título de propiedad, que no de inquilinato, del Palacio de San Telmo.

Andalucía rememoraba a la anciana enlutada que acudió a saludar el paso de la carroza en la que viajaba Fernando VII. Puso tanto entusiasmo que aquel felón creyó conveniente detener la comitiva para averiguar la razón por la que aquella mujer gritaba hasta la afonía: «¡Larga vida al rey!». Y, al preguntarle si acaso lo hacía agradecida a alguna merced real, la longeva le espetó: «No, majestad. Es que ya conocí a los malos gobernantes que fueron su abuelo y su padre, y me temo que su hijo sea aún peor que su real majestad. Por eso le deseo larga vida». Esta anécdota refleja la resignación que se extendía en parte de la grey andaluza, aunque la mayoría transigiera. Por fas o nefas, participaba de la pitanza que graciosamente manejaban sus presidentes.

Ante el hartazgo, son precisos nuevos usos para dejar atrás estos abusos. Es tal el deterioro que el sistema ya no es susceptible de sanearse con depurativos. El remedio no vendrá de una sustitución monda y lironda en el Palacio de San Telmo. Si quiere que los últimos cascotes no le caigan encima de su cabeza, quien está llamado a presidir la mayoría de cambio, Juan Manuel Moreno Bonilla, junto a quienes le acompañan, deberá retornar a los orígenes primigenios de una autonomía que se votó como palanca de desarrollo, de suerte que se haga realidad la aspiración que entrañó su nacimiento. No basta con una sonrisa, aunque se agradezca. Los problemas no se disipan ignorándolos. Por eso, hacer factibles esos nuevos tiempos, no rebajándolos a eslogan, exige una honda regeneración que desamortice la autonomía de las manos muertas que la han hundido.

Como dijo Viktor Emil Frankl, psiquiatra austríaco que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, «las ruinas son, a menudo, las que abren las ventanas para ver el cielo». De ahí que, sobre los cascotes del régimen, se franquee una oportunidad a aquellos que están decididamente resueltos a avanzar con mirada larga más allá de las siguientes elecciones. Quien no está dispuesto a hacer lo que es bueno para el país por miedo a no ser electo no merece tal honor.

Para que el cambio no quede en una partitura inédita, la nueva mayoría deberá salvar los obstáculos de una administración de partido con gran potencial desestabilizador. A guisa de quinta columna a las órdenes de una jefa de la oposición que no asume su condición de tal, sino que se presenta como reina temporalmente destronada.

Con la virulencia propia de quien no tiene a donde ir fuera de la política y de saberse condenada por el mismo Pedro Sánchez, al que primero tuvo como chico de los recados y luego a su merced tras forzar su dimisión de la Secretaría General a la que luego éste se reenganchó con éxito pleno, Díaz codicia explotar las contradicciones internas y complejos de Cs. De modo que perfore una vía de agua que haga naufragar ese Gobierno de emergencia al cabo de 100 días. Jugará eventualmente con los comodines que le puedan reportar las elecciones municipales para revertir la pérdida y recuperar la Presidencia mediante un pacto con Cs.

Para ello, la descoronada y descorazonada Reina del Sur agita hasta la afonía el espantajo de Vox. De similar manera que lo hizo en campaña creyendo que impediría lo que acabó volviéndose contra sus intereses como un boomerang. Mientras ella denuncia el supuesto «pacto de la vergüenza», el PSOE se humilla claudicando con Torra y festeja la Navidad con el etarra Otegi. Este desafuero ha movido a romper su carné a José María Múgica en digno tributo a la memoria de su padre asesinado por la banda asesina.

Con la matraca de Vox, Díaz golpeará con martillo de herrero, sabiendo que Cs es el eslabón más frágil de la cadena. A este respecto, un partido que le espetó a Rajoy, por boca de su portavoz parlamentario, Juan Carlos Girauta: «Nosotros sí que podemos votar junto a Podemos. ¡Qué tontería es esa! Ni que fuéramos una secta», parece tener, no obstante, más remilgos con la cofradía de enojados de Vox. Siendo un melón aún por calar, ni es hijo de la dictadura chavista ni sueña instalarla en España, pese al sagaz desmarque de última hora de su líder, Pablo Iglesias, para no afrontar las secuelas de su ideología.

De caer Cs en la trampa, se evaporarían las apetencias de cambio que puede darse de bruces contra el acantilado de un rocoso partido-régimen que ha usado a los funcionarios como si fueran regulares de una agrupación del partido.

Por mor de ello, la conducta de Moreno Bonilla no puede ajustarse al episodio de la legendaria serie de la BBC Yes, Minister, donde el abrumado protagonista, al tomar posesión, se interesa por cuántas personas trabajan a sus órdenes. Al recibir una respuesta vaga, éste intenta concretar: «¿Dos mil, tres mil?». «Veintitrés mil, para ser precisos», le responden. «¿Me está diciendo que hay veintitrés mil burócratas administrando a los demás burócratas? Eso no es permisible. Hay que encargar un estudio para ver de cuántos podemos prescindir». Su interlocutor, sin perder la flema, le replica que eso ya lo hizo su antecesor y resultó que precisaban quinientos más.

En ese brete, Moreno Bonilla ha de formar, no un Consejo de Gobierno, sino un Consejo de Ministros de políticos cuajados y duchos en la gestión para poner inmediatamente en marcha una agenda del cambio que visualice que no cambia todo para que todo siga tal cual. Una cosa es formar gobierno y otra bien distinta gobernar.

Si El hombre que plantaba árboles, el hermoso relato de Jean Giono, hizo brotar frutos de un yermo y mutó la tierra baldía en un vergel, ojalá que, en medio de la quiebra y el descrédito institucional, surjan políticos callados como aquel ejemplar pastor. Armado únicamente de sus recursos físicos y morales, demostró ser admirable. Menester sería al cabo de 40 años de nada en que, contra pronóstico, se ha desplomado el régimen y Andalucía estrena alternancia de Gobierno periclitando décadas de excepcionalidad democrática.