Jofrge Martínez Reverte-El País

El mejor ejemplo de los despropósitos veraniegos sigue siendo el de Neville Chamberlain, el primer ministro inglés que encabezó una generosa política de apaciguamiento con Hitler

No está claro, ni mucho menos, que las Navidades, y los días previos al fin de cada año, sean las fechas que escogen las gentes de cualquier condición para pronosticar que van a hacer las cosas mejor, de forma que todos puedan ser más felices en el futuro.

Me parece a mí que los días de julio anteriores a los salvajes cuando el sol y el calendario se preparan para la canícula (¡lo dije, por dios!) de agosto son más propicios para bondades. Y septiembre es el mes en el que todos los buenos propósitos parecen consolidarse y, sin embargo, revientan contra la cara de quienes se los hacen.

El mejor ejemplo de los despropósitos veraniegos sigue siendo el de Neville Chamberlain, el primer ministro inglés que encabezó una generosa política de apaciguamiento con Hitler. La conferencia de Múnich, celebrada en septiembre de 1936, fue el momento supremo de aquella política destinada a conseguir que el líder nazi abandonara sus políticas de conquista sin oposición y de persecución de los judíos, homosexuales, gitanos y otras minorías desagradables, que eran, para dar una idea de su esencia, tan malqueridos como castellanohablantes en Montserrat.

A Chamberlain la cosa le salió mal, y la bestia nazi se revolvió contra su conciliadora postura, agudizó su política xenófoba y emprendió una aventura bélica gigantesca. Más de cuarenta millones de muertos entre las dos cosas.

Lo del apaciguamiento me ha venido a la memoria porque se cumplen ochenta años en septiembre de aquella conferencia en la que Chamberlain creyó haber domado a la bestia.

No hay más similitudes facilonas. Sobre todo, porque nadie puede decir que la reunión entre Pedro Sánchez y Quim Torra haya tenido como resultado, por ejemplo, que Torra se vea con las manos libres para intervenir en la educación en Baleares.

Pero, sobre todo, es importante fijarse en los personajes. Es lo fundamental. Porque Quim Torra no es un nazi, lo primero. Para ser un nazi, por ejemplo, tendría que ser un xenófobo, tendría que haber declarado públicamente algún tipo de odio o desprecio contra algún colectivo como, por ejemplo, los hispanohablantes. Y si Torra ha dicho algo que puede ser interpretado así es que hay quien está empeñado en leer sus palabras en función de lo que dicen y no de lo que él desea en cualquier momento.

Yo creo que Sánchez sabe lo que significa la palabra de un nazi. Pero lo que más me tranquiliza, ahora que se acerca septiembre, es que Torra no sea un nazi. Él dice que no lo es.