ABC-IGNACIO CAMACHO

Resulta demasiado artificial este arrepentimiento tardío porque están recientes los arrumacos de Cs con el susanismo

COMO el capitán Renault de «Casablanca» descubría, después de hartarse de jugar, que el café de Rick era un casinillo de apuestas clandestinas, el partido Ciudadanos ha caído en la cuenta de que el PSOE andaluz, al que lleva sosteniendo tres años, no tiene interés en regenerar la política. Se lo podía haber preguntado hace tiempo a sus electores, que lo votaron precisamente porque ya lo sabían. No hay que tener demasiadas luces encendidas para advertir que en España funcionan tres regímenes clientelares asentados en el Estado de las Autonomías: los de los nacionalismos vasco y catalán y el de los socialistas en Andalucía. De ellos, éste último es el único que ha gobernado de forma continua, en la etapa más reciente gracias al apoyo que Cs ha venido prestando a Susana Díaz. Un respaldo más o menos condicional y en todo caso fruto de una alianza legítima, pero que objetivamente ha servido para apuntalar una hegemonía que desde la década de los ochenta maneja el territorio con el criterio de una explotación latifundista. Ahora que ciertos vientos electorales empiezan a soplar en la finca, los dirigentes naranjas dicen haberse percatado de que los acuerdos de regeneración no se cumplían. Santa Lucía les conserve la vista.

Porque durante este mandato que Cs ha contribuido a afianzar no ha pasado mes sin que salte un escándalo. Además del de los ERE, que ya venía de largo, con sus derramas discriminatorias, sus clanes familiares y sus tramas de enchufados, la opinión pública ha asistido al de los fondos de formación y al de las putas pagadas con cargo al erario, por resaltar sólo los episodios de mayor descaro. A todos ellos ha reaccionado el partido naranja con reproches más bien desganados y admoniciones de rutina que no comprometiesen el pacto parlamentario. Nariz tapada y ojos vendados para garantizar la estabilidad del susanato.

Por alguna razón táctica o estratégica, Rivera ha estimado que es el momento de forzar elecciones con cualquier pretexto, y ha echado mano del veto de Díaz a la supresión de los aforamientos; una negativa razonable de la presidenta porque para hacer eso, entre otras cosas, habría que reformar el Estatuto y convocar un referéndum. Se trata de una decisión de escala nacional: el líder de Cs ve apalancado en el poder a Sánchez y desea empezar a zarandearle el tablero. Pero no puede llegar al ciclo electoral sin merma de crédito sustentando al PSOE en su principal feudo.

Sólo que resulta demasiado obvio este arrepentimiento intempestivo porque están recientes los cálidos arrumacos del candidato Marín con el susanismo. En ninguna tesitura del trienio se le ha notado particularmente incómodo con un compromiso que de repente parece provocarle un gran fastidio. Este divorcio de última hora suena forzado, artificial, postizo. Es algo tarde para darse cuenta de que han servido de azacanes en el cortijo.