ARCADI ESPADA-EL MUNDO

La fiscal Madrigal estaba ayer muy interesada en el porcentaje de financiación que la Generalidad tenía en el llamado Diplocat, el organismo encargado de lo que ya los terroristas vascos llamaban la internacionalización del conflicto. Interrogaba a Royo, el que fue su máximo responsable hasta que la aplicación del 155 liquida el organismo, y Royo iba contestando que si un 85%, un 87%, dependiendo de los años. La fiscal tenía sus razones, obviamente, que eran las de sustentar el delito de malversación. Pero a mí me interesaba el porcentaje restante, el que aportaban las instituciones privadas.

Lástima que la fiscal no se interesara. Porque lo realmente instructivo de Diplocat no es que la Generalidad lo utilizara para tratar de conseguir apoyo en el extranjero. Al fin y al cabo lo que se está juzgando en el Supremo es la presunta conversión de la Generalidad en una organización criminal y Diplocat es solo un instrumento más, exhibido y convencional, de la trama. Lo instructivo es echar una ojeada a la composición del Patronato, en lo que atañe a las entidades financieras, económicas y empresariales. Bastará con estas tres: Federación Catalana de Cajas de Ahorro, Consejo General de las Cámaras de Comercio y Fomento del Trabajo Nacional. Y con la anécdota de que Sol Daurella, cocacolera, a la que consideran la mujer más rica de España, formó parte durante unos meses de su Consejo Consultivo.

Esto quiere decir que las grandes empresas catalanas contribuyeron a la financiación de un organismo cuyo argumentario fundacional –de abril de 2013: Diplocat fue fundado pocos meses antes– , desvelado por el periodista Alejandro Tercero en un diario ya desaparecido, La Voz de Barcelona, tenía estos títulos para cada uno de los seis puntos que lo estructuraban : «El modelo español de descentralización ha fracasado». «La solidaridad ha sido sustituida por la injusticia». «España ha decidido no convertirse en una sociedad multicultural». «La Constitución española ya no pertenece a todos». «Cataluña ha propuesto soluciones, pero España no quiere debatirlas». «El movimiento de autodeterminación». El periodista sintetizaba luego en cuatro adjetivos la España que emergía del documento: «Caótica, injusta, intolerante y recentralizadora». Solo faltó fea y sentimental. Del escándalo que supone que el dinero público financie la destrucción del Estado democrático se habla cada día en el juicio, explícita o implícitamente. Pero muy poco de cómo el gran dinero privado español ha contribuido también a ese intento de destrucción.

Royo era el responsable de Diplocat cuando este argumentario se envió al mundo. Seis años después, sentado en el lugar de los testigos, mostró un enfático interés en presentar a Diplocat como una elevada Academia dedicada a la «diplomacia pública», uno de esos sintagmas vacuos cuya única intención implícita es el descrédito –siempre académico– de las instituciones. Utilizar el concepto «diplomacia pública» supone, sobre todo, preguntarse a qué se dedica la diplomacia, tout court. Y contestarse, desde el modélico Diplocat, por ejemplo, que a la gestión de los oscuros e inconfesables intereses de los Estados, ¡naturalmente privados, como el mal! Debo reconocer, sin embargo, que en materia diplomática no es el peor de los sintagmas que he escuchado. Oyendo usar un día a una amiga diplomática colombiana los términos diplomacia digital, y preguntándole con gran extrañeza a qué se refería, contestó: «A la precisa acción de un diplomático cuando publica un tuit».

El Diplocat, ese animalito machi-hembrado de la virtud pública y el vicio privado, y viceversa, porque en Cataluña es imposible distinguir virtud de vicio y público de privado (de ahí las agonías que pasan a ratos las acusaciones estupefactas) sustentó desde el inicio el Proceso. Incluso en tiempos (1982) del Patronat Català Pro-Europa, organismo al que sustituyó. Hoy el animalillo sigue coleando en Bruselas bajo la mirada atenta del agente de influencia Altafaj, el diplocatus que sigue ahí à la Monterroso, y que no declarará porque otro juez investiga sus presuntos pagos a observadores internacionales. Esa enfática gente de la que presumían, cuando entonces, en la época de la arrogancia, y que hoy, sentados en el banquillo, camuflan temblorosos bajo el birrete de la Academia.