Edictos

JON JUARISTI – ABC – 16/04/17

Jon Juaristi

Jon Juaristi

· La intimación al olvido siempre se dirige a la parte más débil y agraviada.

La memoria de todo lo que ha pasado de una parte y otra (…), durante los disturbios precedentes y con ocasión de ellos, permanecerá extinta y dormida, como de algo que no ha sucedido». El lector habrá reconocido en la frase anterior el artículo primero del Edicto de Nantes (1598), que puso fin a las guerras de religión en Francia.

Lo promulgó un rey vasco o gascón, Enrique III de Navarra y IV de Francia, o sea, Enrique el Bearnés, el de «París bien vale una misa», primero de la dinastía real borbónica, y lo revocó uno de sus sucesores, Luis XIV, el Rey Sol, mediante otro Edicto, el de Fontainebleau (1685), que ilegalizó de nuevo a los protestantes y lanzó al exilio a unos doscientos mil de ellos, una cifra muy parecida a la de los vascos españoles que tuvieron que abandonar su región natal durante el medio siglo de terrorismo etarra.

Yo creo que Enrique IV de Francia no montó, para celebrar la promulgación del Edicto de Nantes, ni la mitad del espectáculo que han montado los nacionalistas vascos de ambos lados del Pirineo con la entrega de las armas que ETA ha querido entregar.

Me baso en que no nos ha llegado imagen contemporánea alguna de dicho acontecimiento: sólo una pintura alegórica (y anónima) que muestra al Bearnés vestido de romano con dos chicas que representan la Religión y la Paz. Enrique IV sabía que el Edicto no iba a caer muy bien a los católicos, que eran mayoría en Francia. Y acertó. Doce años después lo asesinó un católico refractario, Ravaillac.

En el caso del Edicto de Enrique no hubo un antes y un después, sólo un Nantes y un después que llevó directamente a su revocación. Entre 1598 y 1685, a los protestantes no se les permitió practicar públicamente su culto ni protestar por no poder hacerlo, pero se les perdonó la vida. En fin, la llamada a extinguir o, por lo menos, a adormecer la memoria, tenía cierta lógica. Enrique sabía que la Liga y sus partidarios no iban a olvidar siquiera su propio pasado hugonote y que se la guardaban para más adelante. ¿A quiénes convenía entonces no remover recuerdos? A los protestantes, sin duda. La intimación al olvido a ellos y sólo a ellos iba dirigida.

Con todo, la comparación entre momentos históricos diferentes corre el riesgo de resultar injusta. Por ejemplo, la pasada semana definía yo el nacionalismo vasco post-etarra como una suerte de franquismo abertzale. Ahora bien, un amigo me envía el número 202 de la revista Poesía Española, de octubre de 1969, donde se publicaron mis primeros poemas. Fue Poesía Española una publicación oficial del franquismo, tanto como su hermana La Estafeta Literaria. Sin embargo, el poeta más franquista que colaboraba en dicho número 202 era Gerardo Diego, que no debía precisamente al régimen su renombre.

El resto, mejores o peores como poetas, de franquistas no tenían o no teníamos nada (Arturo del Villar, José Corredor Matheos, Jacinto-Luis Guereña, Francisco Umbral…). Desesperadamente, el franquismo trataba de ser inclusivo con los escritores (lo había intentado desde los tiempos de la revista Escorial). El nacionalismo vasco se esfuerza en todo lo contrario. El mejor de los poetas vivos de Euskadi, Karmelo C. Iribarren, afirma en Jot Down (18 de marzo de 2017), «A mí nunca me han apoyado en nada. No he recibido ni un céntimo del Gobierno Vasco para un folio (…). Les interesas si les interesas.Si no, independientemente de que hayas nacido aquí, no vales para nada». Y además: «si escribes en castellano, aquí no existes. Existe más uno de Albacete que ha escrito un libro y le invitan aquí que tú que eres de aquí». Pues sí, así es, Karmelo.

JON JUARISTI – ABC – 16/04/17