JORGE BUSTOS-EL MUNDO

–Lo ves, ¿no?

Explicaba lo que para él era evidente y remataba así cada lección para cerciorarse de que para mí también lo era. Blandía la pinza del índice y el pulgar en gesto característico, mientras achinaba los ojos de replicante de regreso de Orión, esos ojos que parecían las ranuras de una persiana por donde se filtrase el crepúsculo de un gran poder. «Lo ves, ¿no?» Y a veces no lo veía, pero tampoco me habría atrevido a interrumpir a Rubalcaba, que estaba sentado a mi izquierda, en el mismo restaurante donde Rajoy se resignó a perder la Moncloa y el partido. Ese Rajoy con el que mi interlocutor había tejido delicadamente el último tapiz del 78, que fue la sucesión en la Corona.

Una tarde de finales del año pasado me llamó Eduardo Madina. Me dijo que Rubalcaba había leído algo mío y quería conocerme. Confieso la ilusión sentida a una edad en que la mitomanía ya no genera excesivas ilusiones, por más que siga apasionándome la actualización diaria de los códigos fijados por Maquiavelo. Crecí bajo la leyenda Rubalcaba, bajo la resonancia temible de aquel apellido que murmuraban en voz baja los etarras en los pisos francos y que maldecían todos los aquejados de manía persecutoria. Lo que no significa que, en efecto, Rubalcaba no los persiguiera alguna vez.

Cuando llegué al reservado volvió a sorprenderme la apariencia frágil de un personaje demasiado escrito para caber en la modesta química de su cuerpo. El Leviatán personificado en alguien a quien empezar a llamar Alfredo. Le hice una sola pregunta –la que nos hacemos todos a diario, claro: cómo es posible que Pedro Sánchez dirija el PSOE y el país– y ya no hablé más. Rubalcaba desovilló durante un par de horas la intrincada trama de la política española de este lustro, con sus pasadizos y trampantojos, sus traiciones y silencios. Y se acusó humildemente del pecado que no le correspondía: la fascinación zurda por el nacionalismo, la culpa que roe la iguadad de la nación democrática. «Entiéndelo, yo era un chaval de Cantabria fascinado con Cataluña. Mi generación acudía a Barcelona a las reuniones antifranquistas». Tarde comprendió la mejor izquierda –que no es la que hoy manda– el derecho existencial a imponer la lealtad a cambio del autogobierno.

–Lo ves, ¿no?

Lo que vi fue a un hombre que inexplicablemente sobrevivía a su fabuloso poder con la dignidad final del sueldo del profesor, sin que hubiera dejado de recorrerle la electricidad de la política. Por momentos entreví al Estado mismo. Con su sombra, y también con su ideal. No el rostro esculpible en un Monte Rushmore a la española, sino la secreta voluntad de quien decide la gloria ajena. El jefe de casting de la posteridad.