JORGE DEL PALACIO-EL MUNDO

LA MAYORÍA de los esfuerzos intelectuales por condensar un tiempo histórico en una imagen o concepto suelen pasar sin pena ni gloria. Otros, sin embargo, son capaces de captar el sprit du temps fijando los términos de su interpretación. Es el caso del ensayo ¿El fin de la Historia? de Francis Fukuyama. Publicado en la revista National Interest en el verano de 1989 poco antes de que se derrumbase el muro de Berlín y elevado hoy a la categoría de clásico contemporáneo por su impacto en la opinión pública.

La tesis, nacida en un seminario sobre la decadencia de Occidente organizado por el filósofo Allan Bloom, era potente: el colapso de la URSS no significaba el fin de la Guerra Fría como periodo histórico, sino el fin de la Historia con mayúscula. La idea del «fin de la Historia» ya había sido trabajada por Hegel, Marx y Kojève. Y responde a una obsesión particular de la filosofía occidental por poner coto a la evolución del pensamiento político. La tesis de Fukuyama, por tanto, no pretendía cancelar el reino de los acontecimientos históricos, sino señalar que con el ocaso del fascismo y el comunismo en el siglo XX el mundo había llegado al punto final de la evolución ideológica de la humanidad. En suma, la democracia liberal, el fruto preciado de la cultura política occidental, se presentaba como forma última y superior de gobierno humano.

Para muchos la idea del fin de la Historia no era más que una capa de barniz filosófico a la propaganda triunfante de la Guerra Fría. Sin embargo, la cuestión era algo más compleja. Por ejemplo, algunos sectores de la izquierda se tomaron como un desafío que utilizase su andamiaje teórico –una visión de la Historia como proceso único, evolutivo e inteligible– para justificar la inevitabilidad histórica del liberalismo, no del comunismo. Paradójicamente, esta misma visión progresista de la Historia, cargada de optimismo ilustrado, hizo que su tesis fuese un tanto indigesta para algunos círculos conservadores y realistas, por mucho que fuese útil al empeño de desacreditar el socialismo real.

La realidad siempre va de grises. Y salvando a Fukuyama de las interpretaciones más disparatadas, a favor y en contra, la riqueza teórica del ensayo, unida a su estilo brillante y provocador, siguen haciendo de ¿El fin de la Historia? un testimonio privilegiado del mundo de la post Guerra Fría, con su catálogo de ambiciones, complejidades y, por supuesto, limitaciones. ¡Larga vida a los clásicos!