ABC-IGNACIO CAMACHO

Esas marchas de antorchas son una liturgia siniestra y antigua que evoca la mística de la pureza supremacista

CON antorchas, mare de Déu. Es imposible que a esta gente experta en las grandes escenografías, en los movimientos corales de masas y en la «cultura de estadio» definida por Sloterdijk –en la que fue pionera, ay, Leni Riefenstahl–, se le haya escapado el sentido de esa simbología. El significado siniestro que ese ritual nocturno de teas encendidas tiene desde el siglo XX en la conciencia colectiva de la Europa que vivió el terror nazi o de la América profunda de los movimientos racistas. Por sectarios que sean no lo pueden ignorar, ni soslayarlo sólo por el efecto magnético de los hachones en las imágenes televisivas. Si mantienen esa liturgia, como la de las tétricas cruces victimistas, es porque contiene, desde las civilizaciones más antiguas, un mensaje de purificación intimidatoria, de propaganda mística, de exhibición de identidad dominante, de mágica energía. No es la luz de la libertad la que exhiben, lo sepan o no, sino el fuego vestal de la pureza supremacista.

Frente a esa demostración retadora, que Torra y los suyos refuerzan con un discurso explícito, este Gobierno –como el anterior, y el anterior del anterior, etc– prefiere restarle importancia al desafío. Desdeñarlo como un folclore más o menos agresivo, como si fuese una haka pendenciera del nacionalismo. Eso en el mejor de los casos, cuando no le hace gestos amistosos a los secesionistas o les lanza guiños, cuando no retira recursos de inconstitucionalidad o manda aflojar la inspección del marco educativo. Cuando no siente el impulso de retirarle al juez Llarena el amparo jurídico; cuando no declara, como ayer Borrell, –¡¡Borrell!!– que le gustaría ver libres a los presos, en una inopinada versión verbal del lazo amarillo. Cuando no muñe entre los bastidores del poder judicial una mayoría favorable a la benevolencia penal en el juicio. Cuando no coquetea con la quimera de una salida pactada al conflicto. Cuando no ignora a la mitad de los catalanes –entre ellos todos sus votantes– despojados de facto de su ciudadanía y reducidos, no ya a la invisibilidad mediática y social, sino a la condición sometida de ilotas, de parias políticos. Esa estrategia (?) de cortesía, contemporización y deferencia, que no se explica sin la necesidad de mantener el poder al precio que sea, constituye un error ya contrastado que acabará de la peor manera. Los tipos de las antorchas no son cuatro iluminados sino una fuerza de choque xenófoba, una brigada de agitación callejera protegida y financiada por gobernantes que comparten a pies juntillas su desquiciada creencia. Se saben los dueños de la situación y de la escena frente a un Estado reticente a su propia defensa. Y han formulado, por boca de su líder vicario, una advertencia: tienen, porque se las han dado, las llaves de las cárceles donde están encerrados los presos que anhelan ver fuera. El que pueda entender, que entienda.