ABC-IGNACIO CAMACHO

En la Cataluña del «procés», un símbolo del Estado y de la convivencia se ha convertido en un gesto de protesta

ALGO raro –y malo– pasa cuando el himno español se convierte en una provocación al sonar en un lugar de España. Y de hecho ésa, la de provocar, era la intención diáfana de los que lo pusieron a toda megafonía cuando Torra efectuaba la ofrenda floral de la Diada. Ellos eran del todo conscientes de la trastada, que planificaron escrupulosamente para robarle al iluminado president las primeras planas; había que ver cómo, al inicio de las notas, los micros y las cámaras que rodeaban la comitiva oficial desertaron en masa para lanzarse en busca del balcón de donde procedía la peculiar serenata. La escena, como la de aquellos tipos que durante los días críticos del procés pinchaban un pasodoble de Manolo Escobar en una terraza, tenía algo de sainete berlanguiano, de esperpento castizo, pero por debajo de ese tono de farsa subyace un amargo poso de paradoja dramática. La de un símbolo del Estado y de la convivencia que en Cataluña ha pasado a ser una especie de bravata bizarra, un desafío semiclandestino a la aplastante hegemonía del separatismo y a su ritual folclore de propaganda.

En las fiestas y actos institucionales de la mayoría de las comunidades, el himno nacional suena junto al de la región con normalidad plena. En la catalana ha sido en la práctica desterrado del protocolo como un síntoma más de esa independencia virtual con la que sus autoridades fantasean. Ya en los Juegos de Barcelona, y mira que hace tiempo, Don Juan Carlos fue recibido en el estadio bajo los sones de «Els segadors» a máxima potencia. Cuando el Barça acude a una final de Copa, sus hinchas abuchean la Marcha Real apelando a una libertad de expresión que en sentido contrario ellos no respetan. Y se ha llegado a tal punto de presión –y opresión– soberanista que su simple reproducción constituye un gesto de protesta. Como el de retirar los lazos amarillos, rotular en castellano las tiendas o imprimir el mapa ficticio de Tabarnia en unas camisetas.

Los autores de la travesura del miércoles fueron identificados por los Mozos de Escuadra por si procedía actuar contra ellos. Recibieron un trato idéntico al de los comandos independentistas que por la tarde agredieron a unas reporteras de televisión y lanzaron bengalas y piedras ante el Parlamento. La ley del embudo: el mismo instrumento se vuelve para unos ancho y para otros estrecho. Incluso en un primer momento, la Policía autonómica barajó denunciarlos por desórdenes y alboroto, aunque parece que la cosa quedó luego en posible interferencia de acto público autorizado. Lástima: hubiera resultado divertido asistir a una deriva judicial del caso y ver cómo se resolvía ante un tribunal la presunta consideración subversiva del emblema sonoro del Estado. Es sugerente sólo la tentación de imaginarlo. Pero en el delirio secesionista ya nada resulta extraño. Nos quedan por ver muchos episodios estrafalarios.