JORGE MARÍA REVERTE – EL PAÍS

La fiesta de los chivatos, de los jóvenes dispuestos a señalar a uno que se llamaba Pagaza

En Andoain había un jefe de la Policía Municipal que estaba amenazado de muerte y lo sabía. Sabía que la amenaza era muy seria, porque venía de ETA, una organización mafiosa que llevaba ya unos ochocientos muertos en sus cuentas.

El sargento de los municipales era enemigo de los asesinos. Era un tipo valiente y honrado, de los que ganan a los malos en las películas. Se llamaba Joxeba Pagazaurtundúa, y la gente, para abreviar, le llamaba Pagaza.

Yo le conocí un día hace más de veinte años. Me llevó a verle el que fue durante muchos años mi guía autóctono para moverme por Euskadi, Mario Onaindia. Se trataba de que yo conociera a un hombre que tenía que aplicar la ley incluso donde sus jefe, del PNV, no querían que se aplicara.

Como la película era de Arte y Ensayo, a Pagaza le mataron los malos. Unos chavales, llamados Ignacio e Iñaki, le señalaron como víctima adecuada, y otro chaval, llamado Gurutz, le asesinó a sangre fría mientras leía el periódico en el bar donde desayunaba todos los días.

Gurutz sigue en la cárcel, pero Iñaki e Ignacio acaban de salir hace unos días del talego. Y, como es natural, han sido recibidos como héroes, y saludados con un aurresku en su pueblo, en Andoain. Un pueblo de 15.000 habitantes, lleno de gente encantadora y de fanáticos de los asesinos. Con una alcaldesa elegida con los votos de Bildu y el apoyo democrático del PNV. EH-Bildu, la base social del terror. Hoy, los valientes y ensalzados colaboradores de quienes mataron a Pagaza pueden pavonearse, presumir delante de los seis militantes del PP que, de acuerdo con los biempensantes del nacionalismo, hicieron un escrache a los chivatos que celebraban su justo homenaje.

Todo ha sido como era previsible, y el 30% de los pacíficos ciudadanos que vota a Bildu se han podido quedar con la cara de los seis convecinos que han ido a amargarles la fiesta.

La fiesta de los chivatos, de los jóvenes dispuestos a señalar a uno que se llamaba Pagaza.

Es muy difícil decir desde allí que Andoain es un pueblo habitado por tantos miserables y canallas. Por eso se echaba tanto de menos el otro día a los representantes de otros partidos que, como el PSE, se dejaron tanta sangre por el camino.

Los seis de Andoain estaban solos contra la barbarie. Casi tan solos como Pagaza.

Ellos son ahora quienes nos salvan a todos de sufrir el destino que los nacionalistas reservan a las minorías.