El paseo

ARCADI ESPADA – EL MUNDO – 31/03/16

· La llegada de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias al lugar de su encuentro es una de las más pintorescas escenas de unos meses pintorescos. El encuentro se ha anunciado a las 10:30 de la mañana y una hora antes ya hay levantado un imponente muro de cámaras.

Todas apuntan calle arriba, por donde les han dicho a los periodistas que los dos políticos aparecerán. De pronto, tras la tensa espera, el mundo en vilo, aparecen. Caminan charlando, casuales de forma y fondo, durante unos pocos metros. La imagen gotea buen rollo. El paseo ha sido obviamente planeado y pactado al gusto de los dos interlocutores, y a los dos favorece.

Tengo mis dudas de que favorezca al periodismo. Es evidente que cualquier acontecimiento, aunque sea del género de una banal reunión entre Iglesias y Sánchez, necesita de un orden. Ahora bien. ¿Debe el periodismo participar en la organización de una ficción como la de ese paseo mudo, esperanzado y primaveral? ¿Es que el docudrama, la dramatización de la realidad, tiene ya que instalarse en el núcleo de la información más convencional y, aparentemente, menos concesiva? Viéndoles bajar por la carrera de San Jerónimo eché enseguida de menos que algún audaz corresponsal de guerra no se hubiera colocado en lo alto de la calle, y aunque solo provisto de talento y la cámara de un teléfono hubiera narrado la preparación de la escena, el encuentro entre los dos, la orden de marcha, etc.

Yo querría que el periodismo me hubiese mostrado a esos dos de espaldas. La obligación del periodismo es narrar la verdad y pocas verdades más espectaculares y necesarias que la construcción de una ficción. El plató televisivo es inevitable e incluso necesario. Pero el periodismo debe exigirle que se filme a sí mismo hasta llegar al último telón de El show de Truman, gran película. Es ya inconcebible y hasta inmoral un periodismo que mientras ofrece las noticias al ciudadano le birle el proceso por el que las noticias se obtienen y se exhiben. Ayer un notable líder político aludía a la gran cantidad de personas que está dejando la política. Yo lo escuchaba pensando en cuáles serían los números del desistimiento periodístico.

La historia del paseo no es un prurito deontológico. Es una manera de contribuir a evidenciar, en este caso, el obsceno ir y venir de un líder entre dos partidos radicalmente incompatibles; que argumenta impávido que un proyecto puede unirles, cuando el único sentido de su maniobra es su acérrima voluntad de poder. Basta ir al cabo de la calle para verlo.