El populismo también hiere a EE.UU.

ABC 05/05/16
EDITORIAL

· En el apoyo a Trump hay cierto reflejo iracundo y arrebatado contra lo establecido, contra los excesos de lo políticamente correcto, algo que se manifiesta no solo en Estados Unidos

CUANDO arrancó el actual proceso electoral en Estados Unidos, la candidatura de Donald Trump parecía la del outsider de turno, uno de tantos que a lo largo de las últimas décadas han desafiado la corriente institucional de los grandes partidos políticos. Después de la renuncia de Cruz, sin embargo, la presencia de este peligroso demagogo en las papeletas electorales resulta inevitable. Hay muchas razones que pueden explicar un fenómeno tan inquietante como el que protagoniza Trump. El primero, que en Estados Unidos los partidos políticos son estructuras vacías, meros andamiajes que solo vibran en periodo electoral y que carecen de un músculo corporativo como en Europa. Esa fórmula deja muchas aberturas para la entrada de espontáneos, lo que en principio les da frescura y dinamismo, pero que también permite, como en este caso, que se cuele un personaje desbocado, con medios económicos suficientes y una imagen pública rodada en los medios. A ese simbólico «aparato» del Partido Republicano le cabe el fracaso de haber menospreciado desde un principio lo que significaba Trump, y de haber sido incapaz de gestionar una operación para anularlo antes de que fuera demasiado tarde. La novedad del fenómeno Trump reside precisamente en que los reflejos defensivos de la sociedad –nada menos que los votantes conservadores– no han funcionado como hasta ahora. Los electores han optado por lo más heterodoxo, lo menos convencional y lo más peligroso.

Hay que explorar ahora las razones por las que ese amplio sector de la población prefiere tener como presidente a un personaje que se complace en destruir todas las convenciones de la más elemental prudencia. En el apoyo a Trump hay cierto reflejo iracundo y tremendamente arrebatado contra lo establecido, contra los excesos de lo políticamente correcto, algo que se manifiesta no solo en Estados Unidos, sino en muchas sociedades democráticas con el apoyo a opciones populistas y demagógicas, a veces de extrema izquierda y en ocasiones de extrema derecha. Los reflejos identitarios y los miedos a la globalización desembocan en este tipo de mensajes xenófobos, aislacionistas y, en el fondo, tremendamente autoritarios. En este sentido, el modo en que se han percibido algunas políticas de Obama ha sido, indirectamente, el fermento de ese desasosiego que expresan los votantes de Trump. Como mal menor, todo el mundo va a estar pendiente de que sea Hillary Clinton la candidata demócrata, y de que se convierta después en la primera mujer presidente. El mundo no estaría en buenas manos si Trump llegase a la Casa Blanca. Pero eso no resolverá la agitación que hay detrás de los millones de votantes del estrambótico multimillonario.