ARCADI ESPADA-EL MUNDO

ENTRE las novedades más conmovedoras que nos ha traído El Deceso está la fractura estratégica entre independentistas a propósito de la respuesta que haya que dar a la sentencia del Tribunal Supremo. Hay que observar muy de cerca al animalito. Por un lado está el prófugo Puigdemont y por el otro el preso Junqueras. Cada uno con sus delegados en la catalana terra. El prófugo dice que hay que ir a la confrontación directa con el Estado. El preso que hay que convocar elecciones. Sobre la primera posibilidad hay mucha información disponible analizando lo que sucedió en el mes de octubre de 2017 y la vida que llevan y llevarán prófugo y preso. Y por supuesto la actividad corriente de las masas insurreccionales catalanas que desde aquel octubre, e incluyéndolo, se levantan cada mañana a trabajar como si la patria no estuviera en peligro, insensatos. No es descartable, dado su temperamento y su triste vida ahorcada por un lazo amarillo, que El Valido intente con cualquier gesto desorbitado la emulación de sus predecesores y acabe en la cárcel o en el exilio. El problema grave que tiene la emulación es que no lleva a ningún otro destino en lo universal. Más interesante resulta aún la decisión del preso. El poder judicial sentencia sobre unos delitos y el poder ejecutivo convoca elecciones de inmediato. Cualquier inteligencia disponible pensaría que el Ejecutivo hace eso para acomodar sus políticas a la realidad dictada. Es decir, si el Tribunal Supremo estableciera que no hubo delito en las acciones del Gobierno, lo lógico sería convocar elecciones, ganarlas y proclamar la independencia, ahora con el aval del Supremo. Si por el contrario el Supremo condenara, al Gobierno no debería quedarle otra posibilidad que declarar solemnemente clausurada la vía insurreccional –unilateralmente ellos la llaman unilateral– y volver a la legalidad autonómica. Lo formidable, sin embargo, es que el preso quiere elecciones y seguir por la vía insurreccional sea cual sea la sentencia. El mediocre forcejeo oculta, ya lo habrá visto el dilecto lector, que uno rechaza las elecciones para seguir mandando y otro las quiere para mandar él. Lo que uno y otro en su fanática ofuscación ignoran es de una aterradora simplicidad. Fuera de la ley no hay política ni moral. Y aún pasa algo mucho peor para ellos. Fuera de la ley no hay poder. Si es que no se trata, obviamente, del efímero poder del gangsterismo.