SANTIAGO GONZÁLEZ-EL MUNDO

El viernes pasado fue un día sorprendente. El presidente Calamidad hizo uso de la prerrogativa presidencial de disolver las cámaras y anticipar elecciones para apoyar el mitin más falaz que se pueda recordar. Nunca un gobernante había mentido tanto y tan seguido desde el primer compás, al explicar el porqué y el cómo de la moción de censura que lo empujó a Moncloa. Dijo que el PP había sido desplazado por financiación irregular y por enriquecimiento ilícito. «Partícipe a título lucrativo», decía exactamente la morcilla de José Ricardo de Prada en la sentencia de la Gürtel sobre los 245.000 euros de los Ayuntamientos de Pozuelo y Majadahonda.

El sábado repitió mitin en Sevilla, justicia poética, porque el juez José de la Mata, titular del número 5 de la Audiencia Nacional, ha abierto juicio oral a 88 personas por el caso Madeja. El juez acusa al PSOE y a IU de partícipes a título lucrativo de contratos del Ayuntamiento de Sevilla, 315.000 euros. Mentía el doctor Sánchez al contar a sus oyentes la lógica de la moción de censura, que no es para echar a nadie, según dijo, sino para proponer un Gobierno alternativo, con su programa y su canesú. No hubo nada parecido a un programa en su discurso de la moción, sólo la promesa de convocar elecciones, «cuanto antes, por supuesto», para corregirse inmediatamente: «Tenemos la ambición de agotar la legislatura, hasta 2020».

Definió a la RTVE de Rosa Mª Mateo como pública, objetiva y plural, aunque dedicó el último Informe Semanal a cuestionar al Tribunal Supremo por el juicio del procés. Pregonó sus esfuerzos por el consenso y el acuerdo, él, que hizo su eslogan del «No es no», y «¿qué parte del no no entienden?». ¿Cómo sorprenderse de que al volver a reunirse con su cuadrilla fuera recibido con un aplauso unánime, todos en pie? ¿Qué ambición tiene que anidar en el corazoncito de los suyos para no sentirse avergonzados de un tipo que acusa a la derecha de moverse por intereses partidistas, mientras él se privatiza recursos del Estado para asistir a la boda de su cuñado o a un concierto y que después de poner a Alemania como ejemplo en la moción de censura, porque allí a los ministros plagiarios se les fuerza a dimitir, hemos conocido el plagio de su tesis, ministras salaces, otras que escriben con faltas de ortografía, que crean sociedades pantalla para ahorrar impuestos y en este plan.

Para ser ministro de Sánchez no hace falta otro requisito que la fidelidad. Rosa Montero publicó una confesión estremecedora el viernes: «Sólo he votado una vez al PSOE en mi vida y fue en 1982. El 28 de abril les volveré a votar. (…) al final no se han dejado chantajear por los independentistas, como yo también temí en algún momento».

Creo que le falla la memoria. El 24 de mayo de 1993 se produjo el primer debate televisado de la democracia española: González defendía el título frente al aspirante Aznar. En el estudio de Antena 3 yo estaba sentado a unos dos metros de Rosa Montero, que no paraba de exteriorizar su disgusto por el repaso del neófito a González, que se presentó con lo puesto, sin preparar el debate. Rosa no era una espectadora ecuánime; ella estaba por González, como yo. Ricardo y Nacho publicaron aquellos días una viñeta a la que podría haberse acogido, ambos como boxeadores en un ring. Cuando el árbitro dice la frase de rigor: «Que gane el mejor», el público responde a coro: «¡Nooo! ¡Que gane el otro!».

No es exacto que no se dejara chantajear por los golpistas. Sánchez aceptó mansamente el documento de las 21 exigencias de QuimTorra. Pudo haber dicho, un suponer: «Oiga, mire lo que se le ha caído». Los ciudadanos tuvimos noticia del asunto porque lo filtró el chantajista, no por las protestas de virtud del chantajeado. Fueron los independentistas los que rompieron al dejar caer los presupuestos.