EL VOTO-LIKE

ABC-IGNACIO CAMACHO

Las intenciones de voto se mueven como partículas en un acelerador: brotan, giran a gran velocidad y se desintegran

CUANDO cuatro de cada diez ciudadanos se reconocen dispuestos a cambiar de opinión electoral, y además han demostrado hacerlo en las últimas oportunidades, las encuestas se convierten más bien en apuestas, como ha señalado el analista Ignacio Varela. Tienen el valor del momento, pero con esa volatilidad resulta muy difícil valorar tendencias. Las intenciones de voto se mueven como partículas en un acelerador: brotan, giran a gran velocidad y se desintegran, generando en cada sondeo trayectorias nuevas. La única estabilidad, y relativa, se produce en torno a la vieja división de bloques de derecha e izquierda; dentro de cada uno de ellos, la fragmentación de partidos provoca oscilaciones inéditas. Los estrategas políticos tienen un problema: muchos ciudadanos se deciden muy al final, a veces casi en el momento mismo de escoger la papeleta. Y lo hacen por detalles, por emociones, incluso por veleidades pasajeras. Ese voto tornadizo que viaja bajo radar cada vez se asemeja más a un like, al espontáneo «me gusta» de las redes sociales, sólo que con bastantes más consecuencias.

Así las cosas, y cuando las elecciones generales carecen incluso de fecha aproximada, las proyecciones de hoy pueden perder su valor mañana. El único dato sólido del barómetro de GAD3/ABC es que el acercamiento del Gobierno a los independentistas tiene a la gente muy cabreada, como ya Susana Díaz pudo comprobar para su desgracia. El resto son secuelas de los acontecimientos de las últimas semanas: la recuperación del PP tras la presidencia andaluza y su reciente convención o la crisis interna en la que Podemos se desangra. Se constata también el efecto aglutinante que el poder produce en España, del que se beneficia Sánchez para mantener la primera posición intacta. Pero ser el más votado, como él mismo bien sabe, ya no garantiza nada. El repunte de una cierta hegemonía bipartidista no basta para dejar al PSOE y al PP a salvo de la necesidad de alianzas. Y la letra pequeña de los aceptables resultados de Cs esconde una trampa: más de la mitad de los electores que le manifiestan su confianza admiten al tiempo la posibilidad de retirársela. Rivera sigue con la llave de la gobernabilidad pero su base de apoyo está poco asentada. Justo al contrario que la de Vox, que arranca el ciclo con expectativas tan minoritarias como claras. Sus adeptos están firmes en la opción tomada.

En todo caso, antes de las generales vienen las territoriales de mayo, cuya naturaleza diversificada se volverá aún más heterogénea después de los imprescindibles pactos. Ésa será una circunstancia decisiva en la configuración más o menos concluyente de estados de ánimo. A los partidos no les bastará entonces con acaparar cuotas de poder en acuerdos de despacho. Su emplazamiento en la parrilla de salida para la recta final dependerá mucho del modo en que sepan o puedan explicarlos.