Teodoro León Gross-El País

Ahora los partidarios de romper el país son mayoría en el bloque ganador, que tiene mejores hechuras para el vértigo que para normalizar

La democracia es, se supone, ese sistema en que si suena el timbre a las 5 de la mañana no es Pedro Sánchez pidiendo el voto para una moción de censura sino el lechero. El sistema funciona bajo el encanto británico de lo previsible, e incluso lleva a gala el adjetivo de aburrido, como vacuna para la excitación de las sorpresas y las pulsiones revolucionarias en las que siempre se acaban rompiendo demasiadas vajillas. Hay que huir del espectáculo, porque la lógica del espectáculo, como advertía Neil Postman en Divertirse hasta morir, degrada los valores democráticos.

El cambio es consustancial a la democracia, pero los vaivenes excitantes suelen ser mal síntoma. Jean Baudrillard, en sus Cool Memories, anotaba que “la democracia es la menopausia de la sociedad occidental” y que “el fascismo es su lujuria”. La tediosa normalidad de un sistema eficiente está reñida con los revolcones estimulantes del orden establecido. Y España lleva unos años, no ya desde el 11M, quizá incluso desde la Guerra de Irak, abusando del exceso por todas partes, a derecha e izquierda, desde la monarquía a la justicia, tanto más a partir del procés. Y la moción que ha llevado Sánchez al poder, por supuesto perfectamente legitima, parece emanar de esa seducción. Los ‘compañeros de cama’ del PSOE serán Podemos, que proviene de la estirpe en diferido de ‘contra Franco vivíamos mejor’ pero contra el Régimen del 78, y los indepes en la fase puigdemoníaca de las cruces en la playa y esto es Turquía con presos políticos. Es fácil prever que vienen curvas.

Hay que reprochar el alfombrado de este desenlace a Rajoy, que llegó al poder vendiendo la esperanza de aburrirnos y que esto funcionara. Fue como De la Rua en la campaña argentina de 1999, con el eslogan triunfal “Dicen que soy aburrido…” –por contraste con el asilvestrado Carlos Menem– aprovechando que el peronista Cafiero decía “no hay nada más aburrido que un domingo de lluvia, sin fútbol y De la Rúa como presidente”. Pero no ha habido modo de aburrirse con Rajoy, a pesar de las expectativas puestas en el registrador de Pontevedra. Cataluña siempre se le fue de las manos, ha pagado la incapacidad para dialogar, pecó de insensibilidad con los perdedores de la crisis y nunca tuvo un discurso convincente sobre la corrupción; demasiados errores para no despertar nuestros demonios.

Esta democracia, digámoslo, necesita aburrirse un poco, volver a aburrirnos a todos un poco, y funcionar sin sobresaltos emocionantes. Hay que afrontar los errores cometidos. Con todo, probablemente el mayor problema está en lo que los anglosajones denominan “non-partisan basis of Democracy”, ese espacio común de consensos no partidistas que da vigor a la convivencia: unidad territorial y diversidad, bienestar, modelo educativo, respeto a las reglas del juego… En España, no solo por el procés, se ha empequeñecido. Y ahora los partidarios de romper el país son mayoría en el bloque ganador, que tiene mejores hechuras para el vértigo que para normalizar. No parece, tras esta moción, que aguarden tiempos tranquilos; y más con las encuestas evidenciando la distancia entre el resultado y las preferencias de la sociedad. Pero ojalá tengan éxito y no nos toque vivir, como en la maldición china, tiempos demasiado interesantes.