Editorial-El País

El separatismo se ríe de la democracia, del autogobierno y de los ciudadanos

La justicia determinará si hubo decisiones ilegales —otra vez— ayer en ese pleno del Parlament. Mientras tanto, lo que es evidente es que la táctica del bloque independentista, tan apegado a los discursos de la legitimidad, el mandato popular y las reglas, no hace más que erosionar las instituciones catalanas que garantizan el autogobierno. La más importante de esas instituciones es, probablemente, el Parlamento y en él, ya se ha visto, la oposición es sistemáticamente desoída por resultar un elemento perturbador. Mucho mejor erigir en Bélgica a modo de asamblea constituyente ese Consejo de la República en el que no habrá lugar para la oposición. El sueño, en definitiva, de todo movimiento totalitario.

El bloque independentista catalán lleva tiempo despreciando a los ciudadanos y torpedeando las instituciones del autogobierno y, por tanto, las bases de la democracia representativa. Se sortean las reglas del juego, se da valor solo a los votos favorables (los casi dos millones de catalanes que optaron por el constitucionalismo no cuentan) y, finalmente, se convierten las altas instituciones en escenarios en los que representar sus dislates valiéndose de su raquítica mayoría.

Es grave que el secesionismo esté empeñado en bloquear el autogobierno negándose a facilitar la formación de un Govern que terminaría automáticamente con la aplicación del artículo 155. Es una estrategia que alimenta su explotado victimismo, solemnizado ayer con sus votos en el Parlament. El independentismo, dice el texto aprobado, es víctima de una “represión generalizada del Estado español”, que se ejerce mediante una “causa general contra Catalunya”.

Independientemente del resultado que obtengan estos profesionales del victimismo que endosan toda responsabilidad al enemigo, lo más grave de lo que está ocurriendo en Cataluña es el insidioso desmontaje de la arquitectura democrática que hasta hace poco garantizaba las libertades y los derechos de todos los catalanes. Es, en suma, un fraude monumental en el que siguen empeñados.

El último sondeo catalán demuestra que el independentismo pierde fuelle, y ello podría indicar que muchos de los que depositaron su confianza en él empiecen a sentirse víctimas, también, del mismo fraude. Porque si es tan doloroso que el Gobierno central intervenga la autonomía, peor es que su entramado institucional sufra el descrédito de su total inoperancia en nombre de un proyecto político vacío de contenido y construido por líderes que no respetan las normas básicas de convivencia democrática.