Eurogalbana

ABC 06/03/17
IGNACIO CAMACHO

· El debate político nacional ignora la crisis europea con una ausencia clamorosa de pensamiento geoestratégico

POCOS países de la UE tienen un sentimiento tan arraigado como el de España sobre la pertenencia europea. Los años de aislamiento franquista moldearon una especie de ansiedad de integración que convirtió Europa en un mito para la conciencia colectiva. El ingreso en la Comunidad propulsó nuestro desarrollo y asentó la historia feliz de la restauración democrática con una imprescindible devolución de la autoestima. Formar parte de ese espacio de libertades y progreso no sólo nos enorgullece sino que constituye para la mayoría de los españoles una necesidad, un objetivo y una garantía.

Sin embargo, el momento crítico que atraviesa Europa está en la práctica fuera del debate político nacional. En una coyuntura de extremada delicadeza para la Unión, que está a punto de plantearse cuestiones esenciales sobre su propia razón de ser, la agenda pública española aparece dominada por asuntos tales como la dimisión del presidente de Murcia. Una simple decisión comunitaria de índole casi administrativa, la reforma de la estiba portuaria, recibe en el Parlamento un portazo desdeñoso porque desagrada a un pequeño grupo de sindicalistas. La ausencia de pensamiento geoestratégico es clamorosa; los partidos simplemente ignoran la reflexión europea o la despachan con escuetas y superficiales consignas. Sólo el Gobierno atiende por deber, y no con demasiado empeño, los compromisos de un socio involucrado en obligaciones imperativas. Su teórico aliado, Ciudadanos, carece de opiniones relevantes al respecto y la izquierda es de un antieuropeísmo fóbico (Podemos) o está demasiado enfrascada (PSOE) en ocuparse de sí misma. En medio de este páramo de ideas y de voluntades, no deja de resultar paradójico que la UE figure en lugar prioritario de las aspiraciones de los secesionistas.

También parece contradictorio que pese a este desolador vacío interno en el que languidece nuestra vocación mayoritaria de participar en una Europa unida y fuerte, España sea para el resto de los aliados una inesperada referencia de estabilidad sobrevenida. Aunque siga sin cumplir con la regla del déficit fiscal, no tiene un problema serio de inmigración ni conflicto con los refugiados; se relaciona sin tensiones con Estados Unidos y mantiene razonablemente embridado al populismo en limitadas expectativas. Un país con cierta capacidad de estrategia aprovecharía esa condición para hacer valer su influencia y adquirir masa crítica. Pero para eso hace falta una implicación unitaria, un clima de opinión que reclame a sus líderes apuestas claras sobre la continuidad del proyecto, una convicción palpable en el modelo social, económico y moral que colapsa amenazado por su propia galbana, por su parálisis institucional, por la pinza entre Putin y Trump y por el auge populista. Hace falta que el consenso natural de los ciudadanos tenga reflejo en su representación política.