JAVIER REDONDO-EL MUNDO

DAHRENDORF fue un sociólogo alemán. En 2007 recibió el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Teorizó sobre conflicto y cambio social, y emitió una reflexión crucial. Sostenía que la objetividad era inalcanzable para las Ciencias Sociales y que no era poco conformarse con el rigor. Que el científico social no podía desprenderse de sus prejuicios pero sí tratar de adoptar un método juicioso de trabajo y labrar su prestigio defendiendo su independencia. En definitiva, planteó que la honestidad consistía en hacer explícitos valores y enfoques para no tratar de timar al lector, público o audiencia.

La cavilación vale para periodistas en este regreso a las trincheras de la profesión, corregido y aumentado por la aparición de nigromantes titulados en supuesta objetividad que se valen de lugares comunes para disimular servidumbres. Se ha criticado al periodista Rubén Amón por manifestar sus preferencias. Cosa mucho más honesta que lo que denuncia que hacen otros: reproducir el argumentario del partido con el que simpatizan o simplemente les coloca. Los políticos tienen sus publicistas y polemistas. Los profesionales de la información eligen sus analistas. Son cosas muy distintas. Amón ardió esta semana en la pira de la impureza de la profesión porque puritanos, fariseos y cavadores vieron colillas en uno de sus artículos. Amón dijo que hoy votará a Cs, lo cual no le hace menos independiente aunque asume que su compromiso lo torna más vulnerable.

El viernes se cerró la campaña. Sánchez debió intuir que algo no funcionaba al ritmo previsto, porque casi funde los plomos de una de sus teles, emperrada en parodiar el «liberalismo ibérico» y embarullar a Cs, PP y Vox. Pocas prácticas son tan confusas, esotéricas y endiabladas en el periodismo como el vicio de remedar y caricaturizar una idea, personaje, fenómeno o noción en un espacio presuntamente informativo. Neil Postman avanzó en los 80 la sinuosa tendencia a banalizar la información: «¿De qué nos reímos y por qué hemos dejado de pensar?».

Ferreras, que no dice qué vota, lleva un tiempo regañando a Iglesias. Ahí mismo, los mozos de Sánchez trabajaron a pleno rendimiento en los posdebates. Algunos también callan lo que se juegan. Las críticas a Amón no muestran sólo desfachatez, también algo patógeno: una falsaria superioridad moral. Sospecho que el delito de Amón no fue exponerse, sino hacerlo a favor del partido maldito. Se le expulsa del templo acusado de impericia, o de felonía y desviación.