El Correo-LUDGER MEES

ETA no decidió disolverse en el pueblo. Fue expulsada. Los relatos que se elaboren sobre la catástrofe vasca van a ser necesariamente plurales y contendrán visiones a veces incluso contradictorias

Ningún conflicto violento en el mundo se ha cerrado sin haber dado lugar a un largo periodo de combate dialéctico por el significado y la interpretación del mismo. Esta confrontación intelectual, mediática y política puede desencadenarse inmediatamente tras el abandono de las armas, o puede también dar paso a un largo silencio que acabaría explotando más tarde por las imparables ansias de conocer lo que ocurrió, tal y como sucedió en Alemania tras el fin de la II Guerra Mundial.

Siendo el contexto histórico completamente diferente, la referencia a Alemania viene a cuento porque en el País Vasco post ETA se están repitiendo algunas de las reacciones que observamos en el país germano. Para empezar, entre buena parte de la población existe una cierta pereza a enfrentarse a lo que, adaptando el título del libro que el gran historiador alemán F. Meinecke publicó en 1946, podríamos denominar ‘la catástrofe vasca’. Humanamente resulta entendible que prevalezca el alivio de que, tras tantos años de horror, por fin ETA haya parado. La izquierda abertzale se beneficia de este estado de ánimo que le permite realizar su particular ‘Vergangenheitsbewältigung’ –ya célebre expresión alemana que se podría traducir como la ‘digestión del pasado’– de forma muy tímida y con el freno de mano puesto. Como se ha visto, electoralmente esto trae réditos en una sociedad deseosa de entregarse a la dulce tentación de la amnesia: nadie interpela a los líderes de la izquierda abertzale por su activo apoyo político a los crímenes durante tanto tiempo, y nadie tiene que tener una mala consciencia porque miraba al otro lado cuando ETA mataba. La izquierda abertzale ha hecho un recorrido, y dará más pasos, pero mientras no llegue a la conclusión –tan básica, elemental y obvia para cualquier fuerza democrática– de que matar a alguien por pensar diferente fue malo, su proyecto de construir una nueva izquierda independentista, comprometida con los más débiles y defensora a ultranza de los derechos humanos, quedará gravemente lastrado por la loza de su pasado.

Pero no solo aquí, sino también en el extranjero, encontramos afirmaciones sobre la catástrofe vasca que tienen mucho más de fabulación que de relato realista. Sigue bastante extendida la idea de que el conflicto vasco es un conflicto entre un pueblo luchando por la soberanía y un estado que se opone a esta reivindicación. Poco espacio queda para una visión más pluralista de la sociedad vasca con su convivencia de diferentes identidades, ideologías y tradiciones políticas. Mucho más arraigado todavía es la interpretación de la violencia terrorista como mera derivada del conflicto político, olvidándose de que, pese a la obvia relación, al menos en la democracia postfranquista la violencia etarra fue el resultado subjetivo de unas decisiones políticas adoptadas por

determinados individuos y colectivos dispuestos a imponer sus ideas mediante el uso de la violencia a la mayoría.

Volviendo a España, una idea muy querida sobre todo por la derecha es la interpretación del fin de ETA como fruto de la implacable presión policial, jurídica y política. Esto no deja de ser tan solo una parte (interesada) de la realidad que fue bastante más compleja de lo que muchos discursos grandilocuentes suelen indicar. La tentación del nuevo tridente derechista de mantener vivo el fantasma de ETA con fines políticos para descalificar cualquier reivindicación territorial que contradiga su idea excluyente de España como contaminada por el terrorismo derrotado, añade otra vertiente preocupante a este discurso. Como suele ocurrir, empero, la realidad histórica se resiste a cualquier reduccionismo simplista e interesado. En mi reciente libro (The Basque Contention. Ethnicity, Politics, Violence, Londres / Nueva York, Routledge 2019) resumo el fin de ETA con el concepto de ‘suicidio auto-inducido’: Es cierto que fue ETA quien decidió parar y suicidarse, pero lo hizo porque no le quedaba otra alternativa.

Fue empujada hacia este desenlace por diferentes actores y factores: la mencionada presión policial y jurídica fue uno; la valiente movilización del movimiento por la paz, la impopularidad del terrorismo después del 11 de septiembre y, sin duda, la tardía pero eficaz emancipación de una parte del entramado político de ETA de la tutela de la organización fueron otros. Hay que reconocer a Otegi y su gente la valentía de enfrentarse al mando militar sin romper con él, pero amenazándole con privarle de lo único que le quedaba para poder mantener su relato der ser la vanguardia armada de un pueblo en lucha. Una ruptura con las bases hubiera destruido este relato. ETA hubiera quedado como una Baader-Meinhof vasca. Al haber evitado esta ruptura, ETA pudo cerrar su famoso comunicado de disolución con esta frase pomposa: «ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él».

El estudio desapasionado de aquel proceso revela una realidad bien diferente: ETA no decidió magnánimamente disolverse en el pueblo. Fue expulsada del mismo. Los relatos que se elaboren sobre la catástrofe vasca van a ser necesariamente plurales y contendrán visiones a veces incluso contradictorias. Sin embargo, para ser coherentes y no meras fabulaciones, cualquier relato debería pivotear en torno a tres ejes esenciales: ETA fue derrotada y expulsada; su violencia no fue una mera derivada inevitable de un conflicto político y, en tercer lugar, en términos políticos, su lucha armada fue un total y absoluto fracaso, y en términos éticos, una reiterada agresión a los derechos humanos más elementales. Para fábulas tenemos en el País Vasco al gran poeta Samaniego. Fabulaciones y manipulaciones, en cambio, no necesitamos.