CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO-EL MUNDO

La semana pasada, paseando por Internet, tropecé con un texto de Aleksandr Solzhenitsyn publicado en The Washington Post el 12 de febrero de 1974. El mismo día en que la KGB detuvo al escritor, le arrebató la ciudadanía y lo deportó a la Alemania libre. Se titula Vivir sin mentiras y es pura luz. Este párrafo:

«La salida más simple y más accesible a la liberación de la mentira descansa precisamente en esto: ninguna colaboración personal con la mentira. Aunque la mentira lo oculte todo y todo lo abarque, no será con mi ayuda. Esto abre una grieta en el círculo imaginario que nos envuelve debido a nuestra inacción. Es la cosa más fácil que podemos hacer, pero lo más devastador para la mentira. Porque cuando los hombres renuncian a mentir, la mentira sencillamente muere. Como una infección, la mentira sólo puede vivir en un organismo vivo».

Es una lección aplicable por igual a la vida pública y a la vida íntima. En el caso de Solzhenitsyn, y del Siglo XX, la mentira fue el Comunismo. Su emplazamiento a los rusos, no para que gritasen la verdad en la plaza pública, so pena de languidecer en Siberia, sino simplemente para que dejaran de avalar con su palabra o sus gestos cualquiera de las miles de falsedades que sostenían al putrefacto régimen soviético, tuvo la fuerza de una revolución: un silencio tuyo bastará para sanarnos. El texto, que había circulado clandestinamente durante meses, incluía nueve instrucciones precisas. Las citaría todas, pero esto es un periódico:

No escribirá, firmará o imprimirá por ningún medio una sola frase que, en su opinión, deforme la verdad.

No citará fuera de contexto, ni oralmente ni por escrito, sólo por complacer a alguien, o para enriquecerse, o por lograr éxito en su trabajo, una idea que no comparta o que no refleje con precisión el asunto en cuestión.

Abandonará inmediatamente cualquier reunión, sesión, conferencia, representación o película en la que el orador mienta, distribuya estupideces ideológicas o propaganda desvergonzada.

No levantará la mano para votar a favor de una propuesta con la que no simpatice sinceramente, ni votará públicamente o en secreto a quien considere indigno o dude de sus capacidades.

Esta última se la dedico con cariño a los barones socialistas.

Con la voz de Solzhenitsyn todavía en la cabeza, me fui a la presentación en Madrid del libro póstumo de Hans Rosling, Factfulness (Deusto). Médico, gran divulgador, ¡tragasables!, Rosling murió el año pasado de cáncer, por lo que la protagonista del acto fue su simpática nuera y colaboradora, Anna. Fue escucharla y click: comprendí que el de Rosling también es un ensayo contra la mentira. Un texto inteligente, divertido, sencillo y eficaz que, como el artículo de Solzhenitsyn, ofrece a los ciudadanos las herramientas necesarias para vivir en libertad. Porque la LIBERTAD, en caja alta, sólo la concede el justo conocimiento de los hechos. La verdad.

La gran mentira contemporánea es la letanía de que el mundo va mal. De ella se alimenta la peor política: desde el neocomunismo podémico, con su cochambrosa hispanofobia y su estúpida guerra de sexos, hasta ese nacionalismo histérico que convierte las calles de mi Barcelona –California mediterránea, estilosa, tierna en invierno, tan cool– en un sucio campo de batalla. Unos y otros cargan contra el admirable presente español en nombre de una utopía, pasada o futura. Unos y otros prosperan gracias a la oceánica ignorancia que caracteriza a todos los segmentos de la población. Rosling demuestra que los sesgos –atávicas incrustaciones en nuestro cableado cerebral– ciegan por igual a una Kelly que a un Nobel. A la pregunta de si la pobreza ha aumentado o se ha reducido en los últimos 20 años, ambos se equivocarían más que un chimpancé al azar. Y siempre en la misma dirección: la del Apocalypse Now. En el fondo, el pesimismo es otra forma de vanidad: el mundo no empieza con nosotros, pero tampoco se acaba por nosotros.

Lo cierto es que las cosas no van tan mal. ¿Un cuento de Navidad? No, hechos. Jamás han muerto menos personas en guerras que hoy. El terrorismo en Occidente está disminuyendo. La pobreza mundial se ha reducido a la mitad desde el año 2000. ¡A la mitad en 19 años! Es un dato emocionante. La mayoría de la humanidad vive en países de ingresos medios. El planeta no se extinguirá por sobrepoblación, porque incluso las líneas más obstinadamente rectas pueden volverse curvas: pronto la población mundial empezará a menguar por la universalización de los anticonceptivos y una mejor educación. Casi el 90% de los niños del mundo están vacunados. El 85% de los seres humanos tiene acceso a electricidad. Y 193 países de los 194 existentes nos reconocen a las mujeres el derecho al voto. Y la excepción, nenas, no es España.

Podemos mejorar, claro. Pero –y esto es lo crucial– estamos mucho mejor que antes y, sobre todo, muchísimo mejor de lo que creemos. Como ejemplo, el gran drama de la semana: el asesinato de Laura. Ni siquiera tengo que hacer el esfuerzo de buscar los datos porque ya lo hizo Cristian Campos para un excelente artículo en El Español. Léanlo. El resumen es: que España es el segundo país de la UE con la menor tasa de homicidios (0,63%), detrás de Austria. Que se confirma una tendencia a la baja que conduce a España hacia la convergencia con Japón, paraíso de la seguridad. Que la mayoría de las víctimas de homicidios en España son hombres. Que el porcentaje de asesinos hombres en relación con la población masculina española es un microscópico 0,003%. Y que de ese microscópico 0,003%, sólo un 15% corresponden a casos de violencia doméstica. Es decir, que ni Laura somos todas ni desde luego todos son Bernardo. Más bien lo contrario. Esto es factfulness: la manera justa y útil de abordar un problema. Con datos. En su contexto. Sin sensacionalismo. Controlando los diez instintos que identifica Rosling: la tendencia a lo binario, la fascinación por lo negativo, el rechazo a las explicaciones complejas, la caza del culpable… Todo cuanto vemos hoy expuesto, incluso despatarrado, en los medios de comunicación.

El libro de Rosling zarandea a los medios. Reconoce que los periodistas se aprovechan de los instintos primarios de la gente para captar su atención y que han sido decisivos en la propagación de una visión tergiversada y tétrica de la realidad. Lapidario: «Las noticias no son muy útiles para entender el mundo». Sin embargo, Rosling no levanta el dedito. «No demonicemos a los periodistas», dice. «Tienen las mismas concepciones absolutamente equivocadas que el resto de las personas». Y además actúan bajo una inédita presión comercial: If it bleeds, it leads. Yo le agradezco la condescendencia, aunque sólo porque sé que es estratégica. El objetivo de Rosling es concentrar toda la responsabilidad en el consumidor de titulares y tuits. En esto también coincide con Solzhenitsyn: son los ciudadanos los que deben abandonar toda colaboración con la mentira. Los que deben desarrollar la capacidad para detectar la exageración en el periodista y la estridencia en el político. Los que deben distinguir entre una promesa y un compromiso, y entre un hecho y un cebo. Los que cuando, como el pasado sábado, leen un tuit de un medio valenciano que anuncia de un ex ministro: «¡Última hora! Ha fallecido…» deben abstenerse de difundirlo por respeto a la verdad y a los vivos. Y sí, también a los muertos y al conjunto de la comunidad política. Porque la felicidad de la Nación, entrañable expresión de la Constitución de Cádiz, es incompatible con la fantasía y tributaria de los facts. Lo saben ya hasta los funcionarios de Torra: «¿Qué república ni qué collons? La república no existe, idiota».

Si España tuviera un Gobierno, si Sánchez no fuera Pedro y el PSOE no fuera un páramo, su presidente habría encargado ya un volumen a modo del que FAES publicó en 2006 sobre los años de Aznar, pero ahora sobre la etapa democrática. Apenas unas páginas, limpias y bien diseñadas, con datos y gráficos: los Indicadores del Cambio. Pocas historias más navideñas que la de España bajo la Constitución de 1978. Ese librito yo lo envolvería junto con Factfulness para que se lo trajeran a mis hijas, a mis amigos y a los 46,5 millones de españoles el campechano Papá Noel o los magníficos Melchor, Gaspar y Baltasar. Nunca la magia habría servido mejor al fin de la superstición.