El Correo-ANÁLISIS JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Todo ha sido una representación en la que no se acordaban las Cuentas del Estado, sino que se ofrecía a la opinión pública un esbozo de programa electoral

La política siempre ha tenido algo de representación. Pero, por lo general, los actores se representaban a sí mismos. Churchill a Churchill, Felipe a Felipe. De un tiempo a esta parte, en cambio, cada vez que contemplo la actividad política, tengo la sensación de que los políticos que la ejercen no son los que son, sino que ‘hacen de’ otros –cada uno del que ha adoptado por modelo–, al modo en que el actor ‘hace de’ policía, ladrón o barbero. Una prosopopeya, en suma, no en el sentido tradicional, sino en el más etimológico de ‘creación de personaje’. Se atienen al guión que otros, antes que ellos, representaron. La distancia entre representante y representado se hace así tan enorme, que lo actuado resulta inverosímil. La sensación se me ha hecho más intensa esta semana, mientras seguía el proceso por el que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han llegado a acordar el que se ha llamado ‘pacto presupuestario’. Se me aparecían en ellos otros personajes que ya tenía vistos de anteriores ocasiones. Los mismos gestos, las mismas palabras, los mismos modales, los mismos escenarios. Y, como guinda en esta ocasión, la ‘fierecilla domada’.

Me ha parecido, en efecto, que, en las formas, no eran ellos, sino que ‘hacían de’ lo que habían visto en sus mayores. Primero, se expresa la voluntad de llegar a un acuerdo. Luego se fijan los puntos a tratar y se marcan las respectivas posturas, que, para que la tensión surja, han de estar muy alejadas. Siguen, a continuación, los tiras y aflojas, los anuncios de acercamiento y las amenazas de ruptura, hasta que, en el último instante, la incertidumbre llega al clímax y hasta se provocan apuestas sobre un desenlace que, de hecho, todo el mundo conocía desde el inicio. En el caso que nos ocupa, han imitado incluso el modelo de la Unión Europea, donde el pacto siempre llega con la luz del nuevo día. Aquí, el suspense se rompe con la firma en La Moncloa a la, para nosotros, inhóspita hora de un tardío amanecer. Cuando el mundo todavía duerme, el líder vela. Muy sobreactuado.

Todo ello dio lugar, como decía, a una sensación de irrealidad que desvirtuaba la credibilidad de lo que se estaba produciendo. Pero es que, si las formas habían sido tales, el fondo no les iba a la zaga. En primer lugar, la solemnidad del acto de la firma no se correspondía con la incertidumbre de su cumplimiento. Faltaban actores. No se puede presentar –ni representar, siquiera– como pacto acabado algo que carece del apoyo necesario y que, oídas las declaraciones hechas por quienes deben concurrir a completarlo, no goza de todas las garantías de salir airoso. Para colmo, aquella misma tarde de la tan inhóspita madrugada, uno de los firmantes de Madrid sale en Barcelona con una resolución parlamentaria contra el rey Felipe VI y la Monarquía que es una bofetada en la cara y deja en lugar muy comprometido a su recién ganado aliado.

En contenido, el acuerdo, más que propiamente presupuestario, resulta ser un centón de retales de abigarrada naturaleza. En lo que tiene que ver con las cuentas, el gran atractivo que encierran las partidas de gasto queda seriamente ensombrecido por la incertidumbre que envuelve las que establecen los ingresos. Siempre ha sido más fácil calcular el primero que prever los segundos. Pero el contraste que en este caso se da entre la exactitud con que puede cuantificarse el uno y la inseguridad que rodea los otros se hace inaceptable. Y faltan todavía por sumar los añadidos con que traten de enriquecerlo quienes todavía faltan para llenar el cupo. Por no hablar de lo que sobre el asunto tenga que decir el Eurogrupo. No me extrañaría que, en previsión de todo ello, el pacto se viera sustancialmente ‘cepillado’ en el Consejo de Ministros que deberá pasarlo a limpio en su sesión extraordinaria de mañana.

Volvamos, pues, de la representación a la realidad. Sobre la mesa en que se firmó el pacto aquella mañana de La Moncloa no se acordó algo que tuviera que ver con las Cuentas del Estado. Más que del esbozo de un Presupuesto se trataba del borrador de un programa electoral. Lo insinuó Pablo Iglesias cuando afirmó que, con el acuerdo, ambos partidos estaban más cerca de cogobernar en 2020. Salga o no adelante, PSOE y Unidos Podemos habrán presentado a la opinión pública sus más halagüeños propósitos. Si fracasan, ésta sabrá ya a quién echarle la culpa.