Hay que refundar la idea de Europa

ABC 16/06/16
EDITORIAL

· La solución a este declive europeo no debe ser la ruptura del Brexit ni el antieuropeísmo de los extremistas de izquierda y de derecha. Es preciso percibir lo que Europa representa

EUROPA está viviendo una etapa histórica marcada por tensiones internas, por incertidumbres sobre el futuro y por una manifiesta falta de fuerza en su proyecto político. El referendo sobre la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea es el síntoma más agudo del problema, pero no es el único síntoma ni es el único problema. No solo en la isla se vive la duda sobre seguir o no en la UE. Otros países continentales se suman a ese debate, alimentado por partidos populistas, pero también por sectores sociales nada extremistas que dirigen hacia Bruselas su insatisfacción por la crisis económica que vuelve a acechar, la preocupación por la presión migratoria y, en general, el rechazo a la pérdida de soberanía en decisiones nacionales. La infiltración terrorista en las calles de nuestras capitales exaspera la urgencia de una reacción colectiva que no llega. Gran parte de estas actitudes está fundada en sentimientos exacerbados por el populismo y el nacionalismo, pero también responde a legítimas preocupaciones por un futuro confuso. A la pregunta de qué representa hoy en día Europa, muchos ciudadanos no saben qué responder. La disparidad de criterios en asuntos esenciales, como la superación de la crisis –ajuste de gasto público o políticas expansivas–, el tratamiento de la inmigración o del terrorismo yihadista, se suma a la ausencia de una identidad europea que pueda ser compartida ampliamente y por la que merezca la pena luchar. En un intento por integrar incondicionalmente a todos, Europa está dejando de ser un proyecto de ciudadanía compartida para dar paso a una atomización de identidades segregadas, sean religiosas o nacionalistas, algunas de las cuales no solo no se integran, sino que se impermeabilizan a pasos agigantados frente a los valores democráticos y liberales de la fundación europea.

Las nuevas generaciones ya no perciben el vínculo originario del proyecto europeo con la superación definitiva de la tendencia enfermiza de Europa a la guerra. El burocratismo actual de Bruselas no se asocia con la altura de miras de los padres fundadores –Schumann, Adenauer, De Gasperi y Monnet– de lo que hoy es la UE. La solución a este declive europeo no debe ser la ruptura del Brexit, ni el antieuropeísmo de los extremistas de izquierda y de derecha, sino la refundación de la idea de Europa, tan abierta como demanda su historia, tan escarmentada como exigen sus tragedias –del nazismo al Telón de Acero– y tan orgullosa como merecen sus mejores valores, esos que todavía permiten hablar de Europa como sinónimo de Occidente, formada por el aluvión histórico de la democracia liberal, los derechos humanos, la justicia social, el humanismo cristiano y la igualdad política.