DAVID GISTAU-EL MUNDO

En marzo de 2008, los periodistas de la caravana electoral hicimos parada en una Barcelona que entonces era bonancible. Hablamos de los tiempos en que a los debates televisados les bastaba con dos personajes, los que sostenían el bipartidismo, ese…

…turnismo cuya debilidad era la dependencia del arbitrio nacionalista. Pero de las elecciones todavía surgían legislaturas duraderas y los hechos litúrgicos aún no habían sido vaciados de significado. El sistema conservaba intacta hasta su solemnidad.

Después del mitin socialista en el pabellón de Sant Jordi, la caravana debía viajar a Madrid para cerrar la campaña en la capital. A los periodistas les alcanzó en el aeropuerto la noticia de que ETA acababa de asesinar a Isaías Carrasco y de que la campaña quedaba suspendida, acaparado el protagonismo por el terrorismo. No hace falta recordar que la campaña anterior, la de 2004, no sólo fue espantosamente asaltada por el terrorismo, sino que presenció una sórdida rebatiña por el poder en un contexto trágico que desgarró a la sociedad española por muchos años y la envenenó de sospechas y resentimiento.

Por más que las bocas se llenen con el pomposo cliché de «la fiesta de la democracia», es difícil recordar unas elecciones en España que hayan discurrido con una tediosa normalidad escandinava. A un votante joven, a uno, por ejemplo, que al leer el nombre de Isaías Carrasco haya tenido que ir a Google a averiguar quién fue, tal vez le sorprenda saber que, durante años, los españoles entrábamos en las campañas electorales dando por hecho que en algún momento ETA se pronunciaría con un atentado, con un asesinato. Era su modo de decir que el destino mejor para una urna es ser rota. El horror de 2004 no tiene parangón. Pero aquí se votó siempre con cierta rendición al antojo de unos pistoleros. Por ello, votar en el Norte, en las ínfimas parcelas asfixiadas de nacionalismo, requería un coraje civil que dignificaba. No digamos ya hacer política y ser candidato en esos mismos ámbitos. Sólo quienes hicieron política en la misma guarida de ETA, bajo una amenaza mafiosa que jamás habría soportado quien sólo pretendiera trincar, me han hecho sentir vergüenza en algún momento por mi desapego cínico, que estos tiempos tanto justifican.

La disolución de ETA permitió albergar esperanzas acerca del advenimiento, por fin, de esa normalidad escandinava. Sin embargo, el deterioro ha sido vertiginoso. Es verdad que no hay asesinatos, aunque el hecho de tener otra vez a activistas fabricando bombas en un garaje recuerda qué poco le cuesta al nacionalismo deshumanizar al diferente. Pero el ambiente electoral ha vuelto a resignarse al matonismo. A que haya candidatos como Nerea Alzola apalizados en la calle sin que a nadie le importe demasiado. A que existan espacios públicos en los que la mera presencia de un constitucionalista se considera una provocación que le hará merecedor de cualquier cosa que le ocurra. Al cubrir la campaña en Cataluña, he vuelto a ver cosas que parecían superadas, como candidatos protegidos por la policía a los que su escolta conmina a marcharse ya de un lugar en el que llevan demasiado tiempo habida cuenta de que la red de chivatos ya lleva rato avisando de su presencia.

Este domingo, la puñetera «fiesta de la democracia» se enfrentará a otro intento de romperle las urnas por parte del antagonista de la libertad habitual, el nacionalismo. No soy capaz, como otros, de decirle a usted, lector, qué debe votar. Pero sí creo que a este sistema fatigado todavía lo dignifica el coraje civil de quien convierte el hecho de votar o de hacer política en una voluntad de complicarse la vida contra el matonismo.

RADICAL DE CUELLO BLANCO

L a presencia del matonismo en las votaciones españolas no constituye una novedad. Incluso el terrorismo es un personaje electoral recurrente. Lo que sí es nuevo es que una institución como la Presidencia de la Generalidad aliente la violencia y acredite un intento de romper las urnas y de convertir el mero hecho de votar en un acto de riesgo. ANTONIO MORENO