IGNACIO CAMACHO-ABC

La patología victimista amenaza con un clímax del esperpento: proponer la investidura de un candidato huido o preso

TIENEN músculo. Con sus líderes en la cárcel, las plataformas civiles del separatismo aún disponen de organización, recursos y dinero para desplazar hasta Bruselas a cuarenta mil adictos, desafiantemente vestidos del color gafe, el amarillo. La aplicación ligth del artículo 155 apenas ha desmontado ninguna estructura relevante del independentismo, que al menos hasta las elecciones conserva un grado de cohesión significativo. El golpe de autoridad democrática del Estado se quedó corto; derrotó la insurrección pero le puso fecha demasiado temprana a la segunda vuelta del conflicto. El 21-D es una suerte de revancha para los secesionistas, que se han tragado la intervención del autogobierno sin hacer ruido pero guardan sus votos como piedras apretadas en la mano para volver a romper con ellas el escaparate político. Aunque en el fracaso del motín de octubre perdieron el apoyo de los más cuerdos o los más tímidos, la mayor parte de su fuerza electoral está intacta, abducida todavía por la mitología del victimismo.

  En una sociedad normalizada, psicológicamente equilibrada, la vergonzosa espantá de Puigdemont lo habría dejado en irreversible fuera de juego. Ésa sería la suerte de cualquier jefe de una revolución que en cuanto vienen mal dadas saliera pitando y abandonase a su suerte a sus propios compañeros. Sin embargo en la parte de Cataluña hechizada por el destino manifiesto se ha convertido en un resistente paladín del procés, que además se beneficia de la prisión en que se pudre Junqueras, su rival interno. El expresidente fugado está utilizando la técnica electoral de Trump: decir cada día una chorrada, por estrambótica que resulte, para ganar protagonismo en los medios. Los más sensatos de los suyos lo desprecian íntimamente pero lo utilizan como señuelo. Y a base de majaderías lleva la iniciativa en un debate desvariado, sonrojante por su mediocridad y su ensimismamiento. La conciencia de superioridad narcisista del nacionalismo ha desembocado en el extraño fenómeno aclamatorio de un liderazgo grotesco. 

Esta patología colectiva amenaza con una apoteosis del esperpento. El bloque independentista es muy capaz de proponer la investidura de un candidato preso. Junqueras ya lo está y Puchimón tendrá que estarlo si quiere optar a la Presidencia efectiva porque la elección en ausencia no la permite el reglamento. El separatismo le ha cogido el gusto al espectáculo, a la anomalía, a la excentricidad propagandística, y puede incrementar el desvarío colándose por los márgenes del Estado de Derecho. La farsa no ha terminado; salvo improbable victoria constitucionalista, queda tiempo para un clímax del disparate en enero. 

La marcha de Bruselas se puede subestimar o desdeñar como indepenturismo, una multitudinaria excursión de puente festivo. Pero en octubre ocurrió lo que ocurrió por minusvalorar los riesgos y desoír los indicios.