La ausente burguesía catalana

ABC 05/06/17

La extravagante situación en la que Cataluña se encuentra no se puede entender sin la inhibición de su clase alta y media-alta, ese conjunto económico, social y moral al que llamamos «la burguesía catalana» y que lleva cinco años esperando que alguien les resuelva el problema sin agallas para salvaguardar la única estructura –el Estado y su legalidad– que protege sus intereses; refugiándose en su sentimentalismo de cava semi y de concierto del Orfeó Català la tarde de San Esteban; diciendo una cosa en público y otra en privado; intentando patéticamente no quedar mal con nadie, en una equidistancia miserable como si el éxito y el beneficio de sus negocios no dependiera de la estabilidad política y jurídica que el independentismo quiere hacer saltar por los aires; y pasándose el día entero no más que farfullando el reproche con sordina de las esposas insoportables.


· Situación límite

El conflicto secesionista es el problema de Cataluña, pero el drama es que el centro se tambalea

No se significan
Ni se significan en favor de la unidad de España, del orden y de las garantías, ni dan la cara ni su dinero por la independencia, porque saben que este proceso conduce a las rocas, a la ruina de sus negocios y a la innecesaria, estéril y penosa tensión de las relaciones con el conjunto de una España a la que necesitan política y comercialmente, y además asisten al espectáculo de ver cómo el Govern ha ido paulatinamente asumiendo las tesis de la CUP para contentarles, en el contexto de una Convergència que ha muerto en sórdidas circunstancias, como todo lo que Artur Mas ha tocado.

La única aportación de la burguesía catalana a nuestro momento han sido algunos reproches al «inmovilismo» de Rajoy –como si el Estado fuera quien ha organizado este circo– y algunas declaraciones siempre vagas en favor de la legalidad: pero sin poner nunca su dinero, que es como un hombre y sobre todo un empresario expresan su compromiso y su empeño.

Ningún patrocinio económico, ningún liderazgo cívico, ninguna valentía y todas las excusas del cortoplacismo, de la neutralidad impostada de los que tienen más miedo que esperanza y una provincia interior que no depende del rango político que la Constitución les reconozca sino del estado de su espíritu.

En este sentido es especialmente remarcable la casi intemperie en la que se encuentra Lliures, el nuevo partido de Antoni Fernández Teixidó, exconsejero de Trabajo, exdiputado en el Parlament y en el Congreso. Antonio es un liberal moderado, fiable, catalanista, pro «business», pro Israel y pro Estados Unidos, fino conocedor de la realidad catalana y capaz de volver a coserla y a articularla. No tiene el estigma de PP o Ciudadanos de ser el líder de un partido «anti» catalán, ni genera rechazo en el público independentista. En Madrid tiene los vínculos que hay que tener. No es razonable que un candidato así no disponga de recursos económicos inagotables para explicarse y explayarse, para hacer una campaña que permita que el centro derecha pragmático vuelva a existir en Cataluña, tras el naufragio de Convergència.

Trabajo sucio
Pero la burguesía catalana, inculta, grosera y que nunca aprovechó sus recursos para cultivarse –y que si ha patrocinado algo cultural lo ha hecho por figurar o por mala conciencia, pero siempre impermeable a la sensibilidad de lo que pagaba– está demasiado acostumbrada a que el Estado y Jordi Pujol les hicieran el trabajo sucio de drenarles a los revoltosos y continúa instalada en su arrogante desprecio de todo y todos y exige al Gobierno lo que no está dispuesta a sostener ante los independentistas.

El conflicto secesionista es el problema de Cataluña, pero el drama es que el centro se tambalea, Convergència se ha suicidado y los empresarios y los ricos de orden no ejercen ningún liderazgo ni ayudan a los que en su nombre se ofrecen a ejercerlo. En su irresponsable desidia y en su peligrosa ignorancia no comprenden que lo que intenta Puigdemont se parece mucho a lo que intentó Companys y que los empresarios de La Lliga también creyeron que las izquierdas eran sus aliadas por ser catalanistas hasta justo antes de amanecer expropiados por Tarradellas o asesinados por la FAI en la cuneta.