La crisis de los partidos clásicos

EL MUNDO 11/04/17
NICOLÁS REDONDO TERREROS

· El autor sostiene que, con la globalización, la incapacidad para enfrentarse a unas realidades mucho más complejas ha llevado a la izquierda a refugiarse en una pureza ideológica, evitando el compromiso reformista.

ÚLTIMAMENTE vengo escribiendo con frecuencia pero tangencialmente sobre la crisis de los partidos políticos de masas. Reflexionando sobre los peligros que corre la democracia que conocemos –acechada por populismos, desilusión de los ciudadanos, el debilitamiento del crédito y el debilitamiento de las instituciones– he mencionado la precaria salud de las formaciones políticas clásicas. Pero también cuando he analizado las grietas del Estado de Bienestar me he visto obligado a referirme al papel que hoy cumplen los cauces de participación política que conocemos como partidos políticos.

Los partidos, tal como los entendemos, son un instrumento político relativamente nuevo y su aparición en el espacio público fue casi milagrosa al parecer que su esencia –la consolidación institucional de la división– iba contra la esencia del buen gobierno. Tuvo que aceptarse la pluralidad de la sociedad, no sólo como algo inevitable sino como una realidad sobre la que se podía progresar y defenderse, para que los partidos políticos adquirieran carta de naturaleza. Durante una gran parte de la historia de la humanidad se buscó con ahínco la unanimidad de la sociedad, se disolvieron las discrepancias, inevitables en cualquier grupo humano, con la violencia necesaria para lograrlo y la justificación no tenía por qué ser sofisticada, al fin y al cabo no estaba alejada del pensamiento general: la unidad fortalece, la discrepancia debilita. Tuvieron que producirse las cruentas guerras religiosas en Europa para que se percibieran débiles atisbos de tolerancia religiosa, siendo el siguiente paso el de la aceptación de la pluralidad en la esfera pública. Todavía durante la Revolución Francesa se perseguía con ahínco y violenta saña la unanimidad y la incipiente necesidad de organizar esas diferencias. Todo ello, durante siglos, fue apareciendo muy lentamente entre la niebla del desconocimiento y la inevitabilidad.

Con la Revolución Industrial la homogeneización de la sociedad en clases permitió, impulsó mejor dicho, la creación de partidos de masas en los que se organizaban con facilidad personas con circunstancias económicas, sociales y culturales similares. Así aparecieron los grandes partidos de clase que jugarían, tras sucesivas crisis, un papel decisivo en la configuración del Estado de Derecho y Bienestar actual; Estado que tal y como lo conocemos hoy día llegó a su tiempo dorado después de la II Guerra Mundial. Efectivamente, en el conflicto de los comunistas con los socialistas, estos últimos, apoyados por poderosas fuerzas sindicales, optaron en Europa Occidental por la vía reformista y consiguieron dar a la lucha de clases una naturaleza institucional; proceso en el que tuvieron mucho que ver los partidos opuestos ideológicamente, que entendieron la nueva situación y tuvieron la inteligencia de aceptar la necesidad de legalizar, legitimar e institucionalizar los conflictos de clase –de carácter social, económico y político–.

En ese tiempo dorado los grandes partidos de masas prestaban estabilidad al sistema; pero a la vez la contradicción que genera la pluralidad de las sociedades modernas impulsaba el progreso basado en una libertad individual desconocida, un bienestar impredecible y una justicia o igualdad insospechada en la larga historia de la humanidad. Hasta los años 60 del siglo pasado los grandes partidos de masas fueron tan poderosos que configuraron universos políticos y sociales cerrados en los que participaban sus afiliados y votantes. Sucediera lo que sucediera, aunque el partido se equivocara en las tareas del gobierno, esa sólida relación, basada en una lealtad de hierro, en general no se rompía; la lealtad y el voto eran seguros desde la edad de votar hasta la muerte, y aun antes a través de sus organizaciones juveniles.

Pero en estos inicios del siglo XXI todo está cambiando radicalmente. Es un lugar común hablar de la crisis de la socialdemocracia, necesitada de esa simbiótica relación de la clase y el partido, y también de la crisis de la democracia representativa, al ser acechada por fenómenos políticos populistas de una amplia gama ideológica que va desde la extrema derecha a la extrema izquierda. ¿Fue primero la crisis de los partidos o la ideológica? o ¿fue primero la crisis ideológica y luego la de los partidos? Poco importa, porque lo que ha causado la crisis ha sido el profundo cambio de las sociedades occidentales en los últimos decenios.

La crisis de los partidos clásicos es general. Trump no sólo ha ganado al Partido Demócrata, que presentaba a una candidata predecible para los ciudadanos estadounidenses; también ganó anteriormente al Partido Republicano en toda la amplia gama ideológica que ha proyectado durante decenios, desde el vástago de la familia Bush a los nuevos representantes de una derecha todavía más desacomplejada pero clásica, representada por Marco Rubio o Ted Cruz… ¿Alguien duda de que la transformación del Partido Republicano será igual o aún mayor que la de su oponente político después de que el actual presidente deje de serlo?

En Europa la crisis de los partidos clásicos también es general y evidente. En Francia, de la que tan deudores somos en el ámbito político y cultural, el único que puede ganar a Marine Le Pen es un político nuevo y sin partido. La postergación de la derecha se debe fundamentalmente a un candidato asediado por la corrupción y el nepotismo. El Partido Socialista francés desde luego tardará mucho en recuperarse del papel de comparsa que juega en este momento histórico para Francia y no adivino un resurgimiento estable mientras el conflicto se desarrolle entre quienes esgrimen la bandera de la pureza ideológica, lo que en el país galo ha provocado que Mélenchon legitime su posición minoritaria y se fortalezca, y los pragmáticos que reconocen las novedades del presente pero todavía no han sido capaces de elaborar un discurso nuevo, una vez que el tradicional, más o menos traicionado, forma parte de la colectividad.

EN GRAN BRETAÑA,el Partido Conservador británico, afectado profundamente por el Brexit, se mantiene en el Gobierno con holgura, debido a un lamentable liderazgo de Corbyn y a la crisis que ha arraigado en el laborismo desde hace años. En Alemania, el candidato del Partido Socialdemócrata, Martin Schulz, parece desinflarse ante Merkel, que mantiene en las elecciones regionales sus posiciones con facilidad. Y, en España, a pesar de todos los problemas que se adivinan en el seno del PP, no parece que pueda ser desbancado en el futuro próximo. A mi entender, la razón fundamental de que la crisis parezca afectar más a los partidos de izquierda es que los partidos socialistas eran muy dependientes de su microcosmos, basado en la lealtad de la clase. Pero también se debe a que a los socialistas se les pedía ser la avanzadilla que ejercieran el liderazgo en estos momentos confusos y se muestran incapaces para esa tarea en medio de un cambio social sin precedentes.

En la confusión que provoca la globalización –la revolución tecnológica, la robotización de la industria y del ámbito privado, la capacidad de disminuir al mínimo las referencias del tiempo y el espacio– al centroderecha se le pide seguridad y todavía está en condiciones de darla, aunque cada vez en menor medida, por lo que aparecen los partidos nacionalistas en Europa. Sin embargo, a la izquierda se le pedía liderazgo y, en gran medida, el miedo o la incapacidad para enfrentarse a unas realidades mucho más complejas le ha llevado a refugiarse en una pureza ideológica y narcisista, evitando el compromiso reformista desde el cual se construyó el Estado de Derecho y Bienestar después de la II Guerra Mundial. ¿Hablarán de esto en las primarias los candidatos socialistas? Espero que alguno de ellos por lo menos lo haga, olvidando terapias y ejercicios de narcisismo que los ciudadanos no entienden.