La España feliz de los polos

EL MUNDO 13/02/17
JORGE BUSTOS

Cuando tomó la palabra para clausurar su paseo dominguero –también llamado por Cospedal congreso más democrático de su historia–, algunos esperábamos que Rajoy dirigiera su primera gratitud a Pablo Iglesias. Porque su definitivo empoderamiento en Vistalegre II apuntala la respuesta institucional del marianismo: cuanto más descamisada sea la oposición, más responsables lucirán las corbatas del Gobierno.

Esta jornada congresual servirá para recordar algunas verdades a los ingenuos: que España sigue viviendo más cómoda en la rotundidad de sus polos; que la novedad populista y la estabilidad de lo conocido se alimentan amorosamente; y que la democracia interna es una pijada que gusta más a la prensa que a la militancia. Un militante es alguien que prefiere seguir a un líder que cuestionarlo, y cuando se le da la oportunidad lo demuestra con el furor gregario que hemos constatado lo mismo en los porcentajes de transacción de las enmiendas peperas que en el asentimiento al modelo cesarista de don Pablo. La gente desea llegar a San Valentín con el corazón ocupado por su timonel. Salvo en el PSOE, claro, cuyo rumbo es el único secreto europeo que queda en pie una vez revelados los de Fátima.

Pero llevaba razón Cospedal: ha sido el más participativo de los congresos del PP por número de enmiendas y ánimo discutidor. Lo cual no bastó para devolverle la sonrisa; en los pasillos se rumoreaba que no termina de asumir la pérdida de poder en beneficio de Maíllo. A cambio puede subirse a un tanque cuando quiera, que alguna autoridad concederá. Pero nada. A su discurso le faltó convicción, y hasta se permitió dudar del éxito histórico del cónclave: «Dentro de unos años sabremos si hemos cogido o no el tren de la historia». Equilibró esta vacilación, lindante con la herejía, enjabonando a don Mariano como uno de esos hombres que hacen el cargo y no al revés. Desde luego no sabemos qué fue antes, si Rajoy o los cargos políticos.

El discurso del jefe abundó en el relato de una hazaña, la del paso de la crisis a la recuperación, llamada a figurar en las crónicas de Indias junto con la conquista de Tenochtitlán. Dio las gracias a tanta gente –incluyendo Rivera, al que pidió que relajara la presión– que incluso se las dio a Aznar. Aplauso friolento del auditorio, más caluroso con el enésimo recuerdo a Rita Barberá, la dirigente más aplaudida del fin de semana. A buenas horas. Pero la oratoria de Rajoy suele alcanzar su pico más memorable cuando aborda el desafío separatista. Que tildó de disparate, de señuelo para engañar la buena fe de los catalanes, porque no se puede comerciar con la soberanía nacional ni ser cómplices de la ilegalidad. Y porque no piensa abandonar –veremos cómo– a los catalanes que se sienten españoles. «La independencia no es una poda de jardinero alegre. Es una amputación dolorosa y terrible que ningún cirujano puede sanar. España seguirá siendo España», prometió. En eso tiene razón. Y no estamos seguros de que sea tan buena noticia. Ni tan mala.