IGNACIO CAMACHO-ABC

Después de la Constitución, el sistema electoral constituye la pieza clave de la democracia, su segunda viga maestra

EN los regímenes no presidencialistas, la función de las elecciones generales no es sólo la de constituir una asamblea legislativa sino la de producir un gobierno. Por tanto los sistemas electorales deben atender al principio de gobernabilidad tanto como al justo reparto de los diputados electos. A tal efecto bastantes países tienden a reforzar la estabilidad con balotajes, primas de escaños a la fuerza más votada u otros métodos que compensen la fragmentación del parlamento. En dirección contraria, la reforma recién propuesta por Ciudadanos y Podemos tiende a aumentar la proporcionalidad para beneficiarlos a ellos y volverlos imprescindibles en cualquier acuerdo. En la práctica, si la fórmula de Hont responde a una pauta mayoritaria y potencia un bipartidismo imperfecto, la de Saint Lagüe otorga a las minorías un cierto derecho efectivo de veto.

Las leyes electorales son la partitura de la democracia, pero todas tienen tantas virtudes como defectos. Por eso lo más importante es que, cualquiera que sea el criterio, su música esté escrita con amplio consenso y a ser posible suene por un tiempo duradero. Lo que representa un error catastrófico es tratar de cambiar sin mayoría cualificada las reglas de juego. Ese movimiento se puede entender en un partido radical e insurgente como Podemos pero de C´s, que aspira a gobernar desde el centro, cabe esperar una voluntad más integradora, una responsabilidad más seria y un mayor sentido estratégico. Su base sociológica moderada quizá no vaya a comprender demasiado bien que para favorecer su propia proyección elija esa clase de compañeros.

Lo más probable es que la reforma se frustre porque para prosperar necesita a un PSOE poco entusiasmado con la idea. Sin embargo no cabe descartar que la dirección socialista, cuyo programa se resume en sacar del poder a la derecha, se sienta tentada con la posibilidad de acelerar el desalojo del PP por esta vía torticera. Los sanchistas no se ven a corto plazo como ganadores de las elecciones y cualquier iniciativa que jibarice a su principal adversario les puede parecer buena. Si eso ocurriese, el pacto esencial de la Transición saltaría por los aires con graves consecuencias. Para los nuevos partidos, que en su ambición refundacional tratan la política de Estado con cierta ligereza, quizá no se trate de ninguna tragedia, pero la organización que más tiempo ha gobernado España no debería ser la que prendiese esa mecha.

La modificación del procedimiento electoral es para cualquier nación nitroglicerina política, que hay que manejar con suma delicadeza. Después de la Constitución, esa norma constituye la pieza clave del orden democrático, su segunda viga maestra, cuya alteración repercute en toda la arquitectura del sistema. Cualquier político sin vocación dinamitera se lo pensaría mucho antes de meterle mano sólo porque le va bien en las encuestas.