La pitada de protocolo

IGNACIO CAMACHO – ABC – 27/05/17

Ignacio Camacho

Ignacio Camacho

· Las autoridades deportivas hacen lo mismo que la clase política y económica: obviar la tensión a ver si se resuelve sola.

Además de despedir al histórico estadio Calderón, triste y arbitrariamente sentenciado, la final de Copa ofrece una vez más el aliciente extra de la tradicional pitada al Rey y al himno nacional, convertida en costumbre casi protocolaria cuando disputan el título el Barça y algún equipo vasco. Ya ni siquiera es objeto de debate; la opinión pública ha terminado por aceptar como una rutina la ofensa impune a los símbolos del Estado.

Este año el decaído espíritu de la afición culé, mortificada por el bajón competitivo y el protagonismo de la directiva en los juzgados, puede rebajar por puro abatimiento la intensidad del agravio; habrá que ver también si el antiespañolismo irreductible cuenta entre los seguidores del Alavés con respaldo mayoritario.

Pero resulta desalentador que sea el estado de ánimo de los alborotadores el que determine si el ultraje se comete con displicencia o con entusiasmo. Es sorprendente la resignación con que las autoridades del deporte y la política se han dado por vencidas en la batallita de los silbatos. Se diría que se conforman con que sea el precio de que el Barcelona participe en una competición nacional que demuestra la evidencia de que Cataluña todavía no se ha desconectado.

A este respecto se echa de menos que el mundo del fútbol, con su enorme dimensión emocional, se comprometa con la integridad de la nación en la parte que le toca. Por absurdo que parezca, los secesionistas cuentan en su delirio con que los clubes catalanes continúen tras la hipotética ruptura jugando en la Liga española. Otra superchería, otra posverdad, otra trola que, como todas, triunfa cuando nadie la desmiente con suficiente energía clarificadora.

En esta clase de debates de índole sentimental hay argumentos banales de apariencia que sin embargo contienen gran fuerza simbólica, y no es insignificante el del aislamiento en que la independencia sumiría al que presume con razón de ser uno de los grandes equipos de Europa. La Federación y la Liga, empero, rehúyen con apatía pusilánime el envite de exponer a los aficionados de Cataluña una certeza necesaria, antipática e incómoda: la de que al día siguiente de la secesión el Barça triomfant tendría que defender su rutilante liderazgo ante el Mollerussa, el Palamós o el Nástic de Tarragona.

En vez de eso, los dirigentes del deporte español callan y se amoldan. Toleran con encogimiento el fanfarroneo soberanista del Camp Nou, transigen con la exhibición de esteladas y bajan la mirada cuando suenan ante sus narices los abucheos a la Corona. Aceptan el desdén y la afrenta como hábito, declinan su responsabilidad, minimizan el conflicto a ver si el cansancio lo atempera o la repetición lo afloja. Hacen, en suma, lo mismo que el Gobierno y casi toda la élite política y económica: desistir, contemporizar con el desafío, quedarse al margen y esperar que la tensión se rebaje sola.

IGNACIO CAMACHO – ABC – 27/05/17