José Antonio Zarzalejos- El Confidencial

Una buena confrontación interna en el PP tendría efectos catárticos y depurativos, como ocurrió en el PSOE. Hace menos de dos años Sánchez caía y ahora es presidente del Gobierno

Ocurrió el jueves algo parecido a lo que sucedió el día primero de junio. Rajoy dio la espantada mientras se jugaba el futuro, entonces, de su Gobierno y, antes de ayer, de su partido. Mientras se debatía la moción de censura en el Congreso de los Diputados, el todavía presidente del Gobierno se mantenía atrincherado en una larga sobremesa de ocho horas en el restaurante Arahy en la madrileña calle de Alcalá. Mientras se celebraban unas primarias en el PP, solo diseñadas para que él fuese reelegido a la búlgara presidente de la organización, Rajoy recorría braceando la Ruta da Pedra e da Agua en Rubadurnia (Pontevedra), acompañado de José Benito Suárez, marido de Ana Pastor, para luego recalar en un distendido almuerzo en un restaurante de Sanxenxo.

Con buen tino diagnóstico, Luis Sánchez-Merlo escribió ayer en ‘La Vanguardia’ un artículo que tituló ‘El desvanecimiento’. Efectivamente: Rajoy se ha desvanecido, despidiéndose, escribe el articulista, “a la francesa”. Tampoco Aznar mejoró la actitud de su sucesor. Con su mismo desdén aseguró que él no participaría en estas primarias ‘sui géneris’ y llegó a afirmar que no sabía si estaba al corriente del pago de la cuota de afiliado. Otro “desvanecido”. En este caso, además, innecesariamente hiriente, mientras una escuálida militancia tanteaba en soledad una salida a la crisis. El estado de ánimo general lo apuntó con certeza Luis de Grandes en su intervención a las 23:20 horas del jueves: el PP se siente en la “orfandad”.

Soraya Sáenz de Santamaría, en una comparecencia más petitoria que ganadora, informó que su primera llamada telefónica fue para Mariano Rajoy porque “es nuestro presidente”. Y ahí, la que fuera mano derecha del gallego, mentó la bicha que, hasta ese momento, nadie había sacado a pasear. La pírrica ganadora de esta primera vuelta del casting para la presidencia del PP no ha entendido algo elemental: que la liquidación del marianismo se va a producir con tanto afán como el que ella puso en hacer lo propio con el aznarismo.

Soraya, le guste o no a sus partidarios, representa el ‘rajoyismo’ en estado puro y duro. Su mantra en la campaña ha consistido en la promesa de recuperar el poder, no de rehacer el partido. Justo al revés del discurso del vencedor moral de esta ronda que ha sido, sin duda, Pablo Casado. En rigor, la exvicepresidenta debió ganar de largo tras siete años en el poder, con máxima exposición mediática y facultades exorbitantes. Sin embargo, logró 1.500 votos más que el vicesecretario de comunicación del partido. Poca cosa.

Soraya, les guste o no a sus partidarios, representa el ‘rajoyismo’ en estado puro y duro

Precisamente, lo que justifica una batalla en el congreso extraordinario del 20 y 21 de julio es abrir un capítulo nuevo en la trayectoria del PP que supere el desmayo ideológico y político del ‘rajoyismo’ del que el propio Mariano, huidizo y escapista, no parece interesado en que quede ni siquiera su memoria. De ahí que la reunión de compromisarios tendrá dos grandes electores como en los cónclaves para elegir a los sumos pontífices. Y serán Alberto Núñez Feijóo y María Dolores de Cospedal. Serán los que traten —veremos si lo consiguen— dar verduguillo a esta etapa popular. Morirán matando.

Puede que la batalla congresual deje algunas cicatrices, pero si no la hubiera —y no resultase incluso cruenta— el PP no resolvería ni uno solo de sus males. Es mejor la guerra abierta que la soterrada, que era la que existía y existe en el PP. Rajoy dejó que las fuerzas internas en el partido y en el Gobierno desatasen hostilidades para convertirse él en la clave de bóveda de la organización, en el indiscutido e indiscutible. Y lo logró permitiendo que sus dos máximas colaboradoras —Sáenz de Santamaría y Cospedal— protagonizasen un bochornoso, constante y agrio enfrentamiento que arrastró a grupos de ministros y a sectores del partido. Luego, cuando era el momento de estar en el escaño (moción de censura), o en el despacho (primarias), el expresidente se dedicó a la tertulia en Madrid y al esparcimiento en Pontevedra.

Puede que la batalla congresual deje algunas cicatrices, pero si no la hubiera el PP no resolvería ni uno solo de sus males

Las guerras en los partidos, salvo aquellas que llevan a la extinción (y la que se está produciendo en el PP no es de esa naturaleza), pueden llegar a estar indicadas como fórmulas catárticas y depurativas. Una buena confrontación entre populares no tendría que dar un mal resultado como, a fin de cuentas, no lo dio en el PSOE. Pedro Sánchez, que es una criatura indeseada de Mariano Rajoy es ahora presidente del Gobierno y, todavía no hace dos años (octubre de 2016), caía derrotado por el Comité Federal de su partido. Hubo guerra, fue sangrienta y miren dónde está ahora el socialismo. Gracias, entre otras razones, al paseante de Rubadurnia.