Las élites cómplices

ABC 29/03/17
IGNACIO CAMACHO

· Las élites catalanas han tratado de sacar ventaja de la tensión acomodándose en una equidistancia contemplativa

DESPUÉS de veinte viajes a Barcelona, los que ha hecho Rajoy desde que es presidente, parece una cierta ingenuidad confiar en que las inversiones van a aplacar al soberanismo. Lo parece tanto que es imposible que el presidente lo crea; su intención apunta más bien a desconectar el proyecto de secesión de la corriente de simpatía más o menos acomodaticia de la clase empresarial y de la burguesía. A restar adeptos y coartadas al prusés entre el catalanismo moderado que empieza a asustarse –tras haberle otorgado su complicidad pasiva– ante la demente aceleración del bloque independentista.

Puede que lo logre, al menos en parte, y desde luego es mejor que lo intente aun a costa de dejar en otras regiones el agraviante resquemor de que les perjudica su lealtad a la Constitución. Qué pensarán por ejemplo los 250.000 ciudadanos de Granada, año y medio sin tren, de esos 1.900 millones para la red barcelonesa de Cercanías. Lo que el Estado no va a restañar, en todo caso y por mucho que invierta, es la herida que la comunidad política catalana, con la complicidad de sus sectores sociales de apoyo, se ha abierto a sí misma. La quiebra de la lealtad institucional, del equilibrio de poderes y hasta del sistema de libertades públicas que se ha producido a consecuencia de esta delirante deriva.

Porque mientras el presidente desplegaba en Cataluña su buena voluntad y su mano tendida, Puigdemont se comparaba en Harvard ¡¡con Martin Luther King!! en la defensa de unos derechos civiles supuestamente aplastados por la opresión españolista. Los radicales de ultraizquierda que sostienen su Gobierno le habían montado al PP un escrache de acoso en la víspera. Y el Parlamento catalán aprobaba de tapadillo el procedimiento de unas leyes de secesión cuyas cláusulas permanecen, caso insólito en las democracias occidentales, secretas y escondidas. Y todo eso sucede sin que los sedicentes sectores moderados de la sociedad catalana alcen la voz, sin que se produzca el mínimo conato de debate o de oposición cívica. Ante el apocamiento de unas élites que viven la crecida autoritaria del nacionalismo con resignación pusilánime o con afinidad victimista.

Son las clases dirigentes las que han permitido la destrucción del orden institucional de Cataluña, asintiendo en silencio a la aceleración del separatismo o acoplándose en el mejor de los casos a una confortable equidistancia contemplativa. Resignadas a quedarse sin representatividad política por la transformación de sus partidos de cabecera en arietes del programa rupturista. Quizá confiadas en que la tensión les otorgaría ventajas compensatorias si se instalaban en el pragmatismo de las terceras vías. Merecen lo que les va a ocurrir: que la independencia no se producirá pero se quedarán, con sus inversiones y sus privilegios, a merced del grupo de iluminados al que han entregado el liderazgo con su aquiescencia tibia.