IGNACIO CAMACHO-ABC

Como letra resulta opinable pero como gesto es soberbio. Ha despenalizado el himno como símbolo de autorreconocimiento

EL gran error del independentismo fue su incapacidad de prever que su ofensiva podía provocar en España un efecto reactivo de orgullo desafiado. Sorprende que gente tan experta en la rentabilidad del agravio cometiese semejante fallo de cálculo. Así ocurrió, sin embargo: la matraca supremacista desempolvó una autoestima enterrada en complejos y estimuló un rearme emotivo sin cuyo inesperado empuje acaso habría sido imposible movilizar la dormida energía del Estado. Ese rescate sentimental de la españolidad, que tomó cuerpo en la exhibición de las banderas, ha cuajado en una sensibilidad colectiva, en un estado de ánimo. Un moderno patriotismo renacido como respuesta al desdén y el escarnio, una sacudida de pundonor herido que busca en los símbolos nacionales la expresión de su recobrado arraigo.

Es en ese marco donde hay que encuadrar la acogida a la versión del himno que Marta Sánchez ideó como homenaje espontáneo. Una estrella del pop se ha convertido de improviso en icono de esta corriente de españolismo desinhibido que reclama cauces para su entusiasmo. Lo que en otros países es una manifestación de normalidad casi folklórica, interpretada en auditorios, plazas y estadios, ha cobrado entre nosotros, por falta de costumbre, dimensión de acontecimiento extraordinario. La «cutre pachanga fachosa» –Pablo Iglesias dixit–, interpretada al ritmo lento de un piano, ha trascendido la propia intención de la cantante para desembocar en un pasional arrebato que testimonia el anhelo del país por rencontrarse con su amor propio sin prejuicios sectarios.

Como letra puede resultar opinable: le falta vuelo porque está escrita desde la intimidad personal de un sentimiento y trata como una balada la vieja Marcha de Granaderos. Pero como gesto es soberbio. Acaso sin pretenderlo, Marta ha despenalizado el himno, aherrojado por cierta izquierda en el sótano de sus propios remordimientos. Lo ha sacado de la mazmorra ideológica para exponerlo a la luz natural del afecto y le ha devuelto el carácter integrador de símbolo de acogida, de amparo moral, de espacio de encuentro. Pero eso ha sucedido porque existe un estado de opinión previo, una ansiedad grupal de autorreconocimiento generada por el impacto del conflicto separatista en una sociedad harta de ultrajes y menosprecios.

El problema es que esa conciencia de identidad rehabilitada no encuentra en la política signos de aliento. Que corre el riesgo de caer en el vacío de una dirigencia que no acaba de entender la importancia del momento. Esa España rebelde contra el estigma de la frustración y del derrotismo necesita ubicarse en un relato de esperanza y de éxito. Necesita devolverse a sí misma el honor, la dignidad, el respeto. Está reclamando a voces una señal de aprecio, un proyecto común que la libere del abatimiento. Y es ahora o nunca: si pasa esta oportunidad ya no habrá remedio.