DAVID GISTAU – ABC

· El atentado no ha reparado, sino aumentado, la disfunción social española, los antagonismos internos.

En la terapia de grupo posterior a un atentado, hay que ser indulgente con la exaltación sentimental de lo propio. Si se trata de un recurso para «tirar p’alante», qué médico no la dispensaría en dosis prudentes, que no creen dependencia. Los Valores. La Civilización. Lo Que Somos, y en esto último mejor no ahondar mientras permanezcan las necesidades terapéuticas de las voluntades destrozadas por la matanza. Hubo, durante las horas de tráfico sentimental, quien escribió incluso que era el atentado lo que consagraba Barcelona como ciudad hermosa, libre y especial, porque esas virtudes eran las que alentaban el afán destructivo del terrorismo. Suspéndanse, entonces, los protocolos preventivos en las ciudades feas y poco carismáticas de la montonera española. Quién va a molestarse en atacarlas con la poca literatura que rezuman.

Lo Que Somos, insisto, es la parte molesta. Lo que somos más allá de esos impulsos espontáneos de empatía que desde hace algún tiempo se están convirtiendo en la sórdida materia de la vertebración europea: no parece haber otra posible, sólo aquella donde la Torre Eiffel adquiere por turno la tonalidad de la nación agredida, como un faro que siempre se prende cuando el naufragio ya ocurrió y hay restos en los acantilados. Lo que querríamos ser es una sociedad cohesionada y ejemplar que responde a los atentados como a un fenómeno meteorológico –como a un golpe de ira de la naturaleza con la que no tiene sentido enojarse– que ha de superarse cuanto antes, tapando el hecho y sus imágenes crudas con biombos como en la película «Brasil» para que nada remueva tanto la cólera como para no ser capaces de seguir viviendo como si nada hubiera sucedido, como si nada hubiera que hacer para que no vuelva a suceder.

Una visión más próxima a lo que somos y a cuáles son nuestros valores la aporta el hecho de que el atentado no ha reparado, sino aumentado, la disfunción social española, los antagonismos internos –los dos centros de reacción al asesinato que se obligan a fotografiarse juntos para mitigar el papelón–. Ignoro si existe una falta de comunicación entre policías, recelosas las unas de las otras, que haya podido perjudicar el descubrimiento de la célula: no despacharé sin conocimientos crítica alguna a ningún cuerpo policial, y menos después de batirse éste en la calle para salvar vidas.

Pero, en lo político, sí veo el morboso anhelo de patrimonializar un horror para convertirlo en uno de los hechos fundacionales de una nueva república cuyos próceres tratan de desviar las consignas y los espíritus colectivos hacia su cálculo, aunque sea a costa de distinguir entre muertos iguales para fabricar una falaz noción de extranjería que aplica, incluso en el escenario del crimen y del llanto, los resortes exclusivos del nacionalismo. Lo que somos. Joder, lo que somos. Somos los que hasta en el 11-M se pelearon entre sí mientras los terroristas exigían las credenciales de la culpa, que alguien se fijara en ellos.