Los muros

ABC 11/10/16
DAVID GISTAU

· Podemos, sin mestizajes, vuelve a aspirar a la pureza brutal, primaria, llena de violencia verbal, de los orígenes

IGUAL que las generaciones jóvenes europeas sienten demasiado lejano el año 45 que hizo imprescindible el proyecto de la Unión, las españolas dejaron de comprender hasta qué punto nuestro 78 fue una necesidad impuesta por el 36. Hasta los comunistas de entonces lo entendieron, algo que olvidan convenientemente los charlatanes de la nueva política que consideran la Transición una operación mimética del franquismo y que se han arrogado una corrección retrospectiva del siglo XX español.

Este ciclo, incluso con las fatigas debidas a la corrupción y la proliferación de canallas oportunistas, fue el intento de que a España nunca más volviera a sobrarle la figura del «tercer español», camino de París o de una fosa en Collioure. Es decir, se trataba de favorecer el advenimiento de una sociedad políticamente más compleja que superara la reducción bipolar de las «dos Españas» antagonistas, que es precisamente a la que ansía regresar Podemos en su violenta pulsión anacrónica y reaccionaria. La desaparición momentánea del PSOE ha dejado a Podemos sin mezclas con las cuales rebajarse como el vino peleón y homologarse en la política sutil de las democracias europeas. Basta con haber seguido las proclamas del Profeta durante el fin de semana para comprender que Podemos, sin mestizajes, vuelve a aspirar a la pureza brutal, primaria, llena de violencia verbal, de los orígenes. Se están sacudiendo de encima el Parlamento y las normas protocolarias que durante unos meses constituyeron su coarta de infiltración frentepopulista a lo Léon Blum. Lo diré con una imagen proveniente de la cultura popular catódica que tan grata y accesible resulta para su militancia: la Diana de «V» se retira la máscara y aparece el lagarto, que en realidad siempre estuvo ahí, visible para cualquiera que no intentara autoengañarse ni desconectar la inteligencia con tal de sentirse parte de algo mejor.

Al declararse propietario de todo el territorio liberado por el PSOE –es decir, de todo lo que no es PP–, Iglesias considera llegada la oportunidad de volver a construir una bipolaridad de antagonismos comparable a la que fue cauterizada por el ciclo del 78. Una regresión brutal que apenas modifica algunas retóricas que antes evocaban lo horizontal y ahora aluden a lo vertical. A un lado y a otro de los muros de la Constitución: en ese periodo tan decepcionante por simplificado vamos a entrar los españoles. Mentalmente, Podemos ya lo ocupa. Empezó su división social maniquea, en la que todo es estar con ellos o contra ellos. Con ellos salvas el alma, contra ellos eres un cómplice de cualquier inmundicia. Esa división social bajará a menudo incluso a lo anecdótico. Con motivo del 12-O y su rechazo a acudir a Palacio con un pretexto demagógico hasta la indigencia intelectual, lo que ha hecho Iglesias es establecer para esta semana una división de españoles: los malos acuden al besamanos, los buenos no pisan Palacio. Así será todo.